Solo había recibido la carta del farmacéutico treinta y seis horas después del suceso; y, por consideración a sus sentimientos, Homais la había redactado de tal modo que resultaba imposible averiguar de qué se trataba.
Primero, el viejo había caído como si le hubiera dado una apoplejía.
Luego, comprendió que ella no estaba muerta, pero que podía estarlo.
Por fin, se había puesto la blusa, tomado el sombrero, abrochado las espuelas a las botas y salido a todo galope; y durante todo el camino el viejo Rouault, jadeante, estuvo devorado por la angustia.
Una vez incluso se vio obligado a desmontar. Estaba mareado; oía voces a su alrededor; se sentía volverse loco.
Amaneció. Vio tres gallinas negras dormidas en un árbol. Se estremeció, horrorizado por aquel presagio. Luego le prometió a la Santísima Virgen tres casullas para la iglesia, y que iría descalzo desde el cementerio de Bertaux hasta la capilla de Vassonville.
Entró en Maromme llamando a gritos a la gente del mesón, abrió la puerta de un empujón con el hombro, se dirigió hacia un saco de avena, vació una botella de sidra dulce en el pesebre y volvió a montar en su jamelgo, cuyas patas echaban chispas al lanzarse al galope.
Se dijo que sin duda la salvarían; los médicos seguro que descubrirían algún remedio. Recordó todas las curaciones milagrosas de las que le habían hablado. Luego se le apareció muerta. Estaba allí; ante sus ojos, tendida de espaldas en medio del camino. Contuvo las riendas y la alucinación