Las fuerzas le volvieron; se levantaba unas cuantas horas por la tarde y un día, al sentirse mejor, él intentó sacarla a dar un paseo por el jardín, apoyada en su brazo. La arena de los senderos iba desapareciendo bajo las hojas muertas; ella caminaba despacio, arrastrando las zapatillas y apoyada en el hombro de Charles. Sonrió todo el tiempo.
Fueron así hasta el fondo del jardín, cerca de la terraza.
Se irguió lentamente, protegiéndose los ojos con la mano para mirar. Miró a lo lejos, tan lejos como pudo, pero en el horizonte solo había grandes hogueras de hierba humeando en las colinas.
—¡Te vas a cansar, amor mío! —dijo Bovary. Y, empujándola suavemente para que entrara en el cenador—: Siéntate en este banco; estarás cómoda.
—¡Oh! no; ¡ahí no! —dijo ella con voz titubeante.
La invadió un mareo, y desde aquella tarde su enfermedad recrudeció, con un carácter más incierto, es verdad, y síntomas más complejos. Ora le dolía el corazón, ora el pecho, la cabeza, las extremidades; tenía vómitos, en los que Carlos creyó ver los primeros indicios de cáncer.
Y además de esto, el pobre hombre estaba preocupado por cuestiones de dinero.