banco a la sombra de los olmos. ¡Qué calmado había sido aquel tiempo! ¡Cómo añoraba los inefables sentimientos de amor que había intentado imaginarse a través de los libros! El primer mes de su matrimonio, sus paseos a caballo por el bosque, el vizconde que había bailado el vals y Lagardy cantando, todo desfiló de nuevo ante sus ojos. Y Léon se le apareció de repente tan lejano como los demás.
“Sin embargo, lo amo”, se dijo.
¡No importaba! Ella no era feliz; nunca lo había sido. ¿De dónde venía esa insuficiencia en la vida, esa descomposición instantánea de todo aquello en lo que se apoyaba? Pero si existiera en alguna parte un ser fuerte y hermoso, un alma valiente, llena a la vez de exaltación y refinamiento, un corazón de poeta en forma de ángel, una lira de sonoras cuerdas que entonara al cielo epitalamios elegíacos, ¿por qué, tal vez, no habría de encontrarlo? ¡Ah!, ¡qué imposible! Además, nada valía la pena de ser buscado; todo era mentira. Cada sonrisa ocultaba un bostezo de tedio, cada alegría una maldición, todo placer saciedad, y los besos más dulces dejaban en los labios tan solo el deseo inalcanzable de un goce mayor.
Un tañido metálico resonó en el aire, y se oyeron cuatro campanadas en el reloj del convento. ¡Las cuatro! Y le parecía que había estado allí, en aquel banco, una eternidad. Pero en un minuto puede caber una infinidad de pasiones, como una multitud en un espacio pequeño.
Emma vivía entregada por completo a los suyos, y se preocupaba tan poco por las cuestiones de dinero como una archiduquesa.