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nydus/Madame BovaryPublic
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VI

—Es muy extraño —pensó Emma—, ¡qué fea es esta niña!

Cuando a las once Charles volvió de la farmacia, adonde había ido después de comer a devolver lo que sobró de los esparadrapos, encontró a su mujer de pie junto a la cuna.

—Te aseguro que no es nada —dijo, besándola en la frente—. No te preocupes, mi pobre querida; vas a enfermarte.

Había estado mucho rato en la farmacia. Aunque no parecía muy conmovido, Homais, no obstante, se había esforzado en animarle, en «mantenerle el espíritu».

Luego habían hablado de los diversos peligros que amenazan a la infancia, de la negligencia de los criados. La señora Homais sabía algo de aquello, por conservar todavía sobre el pecho las marcas dejadas por una fuente llena de sopa que una cocinera le había tirado antiguamente en el delantal, y sus buenos padres se tomaron por ella infinitas molestias.

Los cuchillos no se afilaban, ni se enceraban los suelos; había rejas de hierro en las ventanas y fuertes barras a través de la chimenea; los pequeños Homais, a pesar de su viveza, no podían dar un paso sin que alguien los vigilara; al menor resfriado su padre los atiborraba de pectorales; y hasta cumplir los cuatro años todos, sin piedad, tenían que llevar cascos acolchados de protección.

Esto, la verdad, era un capricho de la señora Homais; su marido se afligía interiormente por ello. Temeroso de las posibles consecuencias de semejante compresión para los órganos intelectuales, llegó incluso a decirle: «¿Quieres hacer de ellos caribes o botocudos?».

Charles, sin embargo, había intentado interrumpir la conversación varias veces.

«Me gustaría hablar con usted», le había susurrado al oído al empleado, que subió las escaleras delante de él.

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