Madame Bovary suspiró.
—¡Vamos ya! —dijo el boticario, chasqueando los labios—. Las salidas a restaurantes, los bailes de máscaras, el champaña... todo eso será de lo más divertido, te lo aseguro.
—No creo que se equivoque —objetó Bovary.
—Ni yo tampoco —dijo con rapidez el señor Homais—; aunque tendrá que hacer como los demás por miedo a pasar por jesuita. Y usted no sabe la vida que se pegan esos perros en el Barrio Latino con actrices. Además, en París se tiene a los estudiantes en gran estima. Con tal de que tengan algunas prendas sociales, se les recibe en la mejor sociedad; incluso hay damas del Faubourg Saint-Germain que se enamoran de ellos, lo que posteriormente les brinda la oportunidad de hacer muy buenos enlaces.
—Pero —dijo el doctor—, temo por él que ahí abajo...
—Tiene usted razón —interrumpió el químico—; esa es la otra cara de la moneda. Y allí uno se ve obligado constantemente a llevar la mano al bolsillo. Supongamos, por ejemplo, que se encuentra en un jardín público.
Un individuo se le presenta, bien vestido, llevando incluso una condecoración, y al que uno tomaría por un diplomático. Se le acerca, se le insinúa; le ofrece un pellizco de rapé o le recoge el sombrero. Luego, la intimidad aumenta; lo lleva a un café, lo invita a su casa de campo, le presenta, entre dos copas, a toda clase de gentes; y las tres cuartas partes del tiempo no es más que para robarle el reloj o arrastrarlo a algún paso pernicioso.
—Eso es verdad —dijo Charles—; pero yo pensaba especialmente en las enfermedades; en la fiebre tifoidea, por ejemplo, que ataca a los estudiantes de provincias.
Emma se estremeció.