Codal
nydus/Madame BovaryPublic
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XIV

El cura se maravillaba de aquella disposición, aunque pensaba que la religión de Emma, por su fervor, podría acabar rozando la herejía, el exceso. Pero, no muy versado en estas lides, en cuanto rebasaban cierto límite le escribía al señor Boulard, librero de Monseñor, para que le enviara «algo bueno para una señora muy inteligente». El librero, con tanta indiferencia como si hubiera despachado quincalla para negros, empaquetaba, revueltos, todos los éxitos de entonces en el negocio de la literatura piadosa. Había pequeños manuales de preguntas y respuestas, panfletos de tono agresivo al estilo del señor de Maistre y ciertas novelas de cubiertas rosadas y estilo almibarado, confeccionadas por seminaristas trovadores o petimetras arrepentidas. Estaban Piénsalo bien; El hombre de mundo a los pies de María, por el señor de —, condecorado con muchas órdenes; Los errores de Voltaire, para uso de la juventud, etc.

El espíritu de Madame Bovary no estaba aún suficientemente despejado para aplicarse con seriedad a nada; por otra parte, comenzó aquella lectura con demasiada prisa.

Se irritaba con las doctrinas de la religión; la arrogancia de los escritos polémicos le desagradaba por su ensañamiento en atacar a personas que no conocía; y las historias profanas, aliñadas con religión, le parecían escritas con tal ignorancia del mundo que la alejaban insensiblemente de las verdades cuya prueba buscaba.

Sin embargo, perseveraba; y cuando el volumen se le caía de las manos, se imaginaba presa de la más bella melancolía católica que un alma etérea pudiera concebir.

En cuanto al recuerdo de Rodolphe, lo había empujado hasta el fondo de su corazón, y allí permanecía más solemne y más inmóvil que la momia de un rey en una catacumba. Una exhalación se escapaba de aquel amor embalsamado que, penetrando a través de todo, perfumaba de ternura la atmósfera inmaculada en la que ansiaba vivir.

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