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nydus/Madame BovaryPublic
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IV. La Boda

Carlos, que no era nada chistoso, no descolló en la boda. Respondió débilmente a los chistes, dobles sentidos, cumplidos y bromas que se consideraba un deber soltarle en cuanto apareció la sopa.

Al día siguiente, en cambio, parecía otro hombre. Era él quien más bien habría podido pasar por la virgen de la víspera, mientras que la esposa no daba muestras que revelasen nada.

Los más astutos no sabían qué pensar, y la miraban cuando pasaba cerca de ellos con una concentración mental sin límites.

Pero Carlos no ocultaba nada. La llamaba «mi esposa», la tuteaba, preguntaba por ella a todo el mundo, la buscaba por todas partes, y a menudo la arrastraba a los corrales, donde se le podía ver desde lejos entre los árboles, pasándole el brazo por la cintura y caminando medio inclinado sobre ella, alborotando con la cabeza la camisa de su corpiño.

Dos días después de la boda, los recién casados se marcharon. Carlos, a causa de sus enfermos, no pudo ausentarse por más tiempo. El viejo Rouault los hizo llevar de regreso en su carro y él mismo los acompañó hasta Vassonville. Allí abrazó a su hija por última vez, se apeó y emprendió el camino. Cuando hubo andado unos cien pasos, se detuvo y, al ver que el carro desaparecía con las ruedas girando en el polvo, dio un profundo suspiro. Luego se acordó de su boda, de los viejos tiempos, del primer embarazo de su mujer; él también había sido muy feliz el día en que la llevó de la casa de su padre a la suya, y se la había llevado a la grupa, trotando por la nieve, pues se acercaban las Navidades y el campo estaba todo blanco. Ella lo sostenía de un brazo, con la cesta colgando del otro; el viento soplaba el largo encaje de su cofia de Caux de modo que a veces le aleteaba en la boca, y cuando él volvía la cabeza veía cerca de él, sobre su hombro, la carita rosada de ella, sonriendo silenciosamente bajo las

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