pareció encantado de verle, pero no salió en toda la noche ni en todo el día siguiente.
La vio sola por la noche, muy tarde, detrás del jardín, en el callejón; ¡en el callejón, tal como había hecho con el otro! Era una noche tormentosa, y hablaron bajo un paraguas a la luz de los relámpagos.
Su separación se estaba volviendo intolerable.
«¡Antes preferiría morir!», dijo Emma. Se retorcía en sus brazos, llorando. «¡Adiós! ¡Adiós! ¿Cuándo volveré a verte?».
Volvieron a abrazarse una vez más, y fue entonces cuando ella le prometió que encontraría pronto, por cualquier medio, la ocasión fija de verse en libertad al menos una vez por semana.
Emma jamás dudó de que fuera capaz de lograrlo. Además, estaba llena de esperanza. Iba a recibir algo de dinero.
Con ese pretexto compró para su habitación un par de cortinas amarillas con grandes listas, cuya baratura le había alabado el señor Lheureux; soñaba con comprar una alfombra, y Lheureux, asegurándole que eso no era «beberse el mar», se ofreció muy cortésmente a proporcionársela.
Ya no podía pasar sin sus servicios. Veinte veces al día lo mandaba llamar, y él dejaba inmediatamente sus ocupaciones sin rechistar.
La gente tampoco comprendía por qué la madre Rollet desayunaba con ella todos los días y hasta le hacía visitas a solas.
Fue por esta época, es decir, a principios de invierno, cuando pareció verse asaltada por un gran fervor musical.