Madame Homais, así como Madame Lefrançois, del León de Oro, acudieron casi al instante a abrazarla. El boticario, como hombre discreto, solo ofreció unas cuantas felicitaciones de provincias a través de la puerta entreabierta. Quiso ver a la criatura y le pareció que estaba bien formada.
Mientras se iba poniendo buena, se ocupó mucho en buscarle un nombre a su hija. Primero repasó todos los que tienen terminación italiana, como Clara, Luisa, Amanda, Atala; el nombre de Galsuinda le gustaba bastante, y el de Isolda o Leocadia todavía más.
Charles quería que la niña llevara el nombre de su madre; Emma se opuso. Repasaron el calendario de cabo a rabo y luego consultaron a forasteros.
—Monsieur Léon —dijo el farmacéutico—, con quien hablaba de ello el otro día, se extraña de que no elija usted a Madeleine. Está muy de moda en este momento.
Pero la señora Bovary madre protestó ruidosamente contra este nombre de pecadora. En cuanto al señor Homais, tenía preferencia por todos aquellos que recordaban a algún gran hombre, un hecho ilustre o una idea generosa, y siguiendo este sistema había bautizado a sus cuatro hijos. * Así, Napoleón representaba la gloria y Franklin la libertad; * Irma era quizás una concesión al romanticismo, pero * Atalía constituía un homenaje a la obra maestra más grande de la escena francesa. Pues sus convicciones filosóficas no se oponían a sus gustos artísticos; en él el pensador no ahogaba al hombre de sensibilidad; sabía hacer distinciones, conceder un margen a la imaginación y al