Emma era como todas sus amantes; y el encanto de la novedad, despojándose poco a poco como una ropa, dejaba al descubierto la eterna monotonía de la pasión, que tiene siempre las mismas formas y el mismo lenguaje. No distinguía, este hombre de tanta experiencia, la diferencia de los sentimientos bajo la uniformidad de las expresiones. Porque labios libertinos y venales le habían susurrado tales palabras, creía muy poco en la sinceridad de los de ella; hay que hacer descuento en los discursos ampulosos que ocultan afectos mediocres; como si la plenitud del alma no desbordara a veces en las metáforas más vacías, puesto que nadie puede dar jamás la medida exacta de sus necesidades, ni de sus conceptos, ni de sus dolores; y puesto que la palabra humana es como una caldera agujereada de hojalata, con la que tocamos melodías para hacer bailar a los osos cuando quisiéramos conmover a las estrellas.
Pero con ese superior juicio crítico que le es propio a quien, en cualquier circunstancia, se contiene, Rodolphe vio otros deleites que sacar de este amor. Consideraba toda modestia un estorbo. La trató sin ninguna ceremonia. Hizo de ella algo flexible y corrupto. Era lo suyo una especie de apego idiota, lleno de admiración por él, de voluptuosidad para ella, una beatitud que la embotaba; su alma se hundía en esta embriaguez, se marchitaba, se ahogaba en ella, como Clarence en su tonel de malvasía.
Por el solo efecto de su amor, los modales de madame Bovary cambiaron. Su mirada se volvió más audaz, su conversación más libre; cometió incluso la incorrección de pasearse con el señor Rodolphe con un cigarrillo en los labios, «como para desafiar a la gente». Por fin, los que aún dudaban dejaron de dudar el día en que la vieron bajar de la Hirondelle con la cintura apretada en un chaleco de hombre; y madame Bovary madre, que tras una terrible escena con su marido se