Iban por las alturas de Thibourville cuando de pronto unos jinetes con puros entre los labios pasaron riendo. A Emma le pareció reconocer al vizconde, se volvió, y en el horizonte solo alcanzó a distinguir el movimiento de las cabezas que subían o bajaban al ritmo desigual del trote o del galope.
Una milla más adelante tuvieron que detenerse para remendar con un poco de cuerda los tirantes que se habían roto.
Pero Carlos, echando una última mirada a los arneses, vio algo en el suelo entre las patas de su caballo, y recogió una cigarrera con cenefa de verde seda y con un escudo en el centro como la puerta de un carruaje.
—Incluso hay dos puros dentro —dijo—; servirán para esta noche después de