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nydus/Madame BovaryPublic
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VII

¡Ah!, se había ido, el único encanto de su vida, la única esperanza posible de alegría. ¿Por qué no había aprovechado esa felicidad cuando se le había presentado? ¿Por qué no la había retenido con ambas manos, con ambas rodillas, cuando estaba a punto de huir de ella? Y se maldecía por no haber amado a Léon. Tenía sed de sus labios. Se adueñó de ella el deseo de correr tras él, de alcanzarlo, de arrojarse a sus brazos y decirle: «Soy yo; soy tuya». Pero Emma retrocedía de antemano ante las dificultades de la empresa, y sus deseos, acrecentados por el arrepentimiento, no hacían sino volverse más agudos.

De ahí en adelante el recuerdo de Léon fue el centro de su aburrimiento; ardía allí con más fuerza que el fuego que los viajeros han dejado sobre la nieve de una estepa rusa. Se lanzaba hacia él, se apretaba contra él, removía con cuidado las ascuas moribundas, buscaba a su alrededor todo lo que pudiera avivarlo; y los recuerdos más lejanos, así como las ocasiones más inmediatas, tanto lo que experimentaba como lo que imaginaba, sus deseos voluptuosos que no hallaban satisfacción, sus proyectos de felicidad que chasqueaban al viento como ramas secas, su virtud estéril, sus esperanzas perdidas, el tedioso cara a cara doméstico⁠: lo recogía todo, lo tomaba todo y hacía que todo sirviera de combustible para su melancolía.

Las llamas, sin embargo, se apagaron, ya porque el combustible se hubiera agotado, ya porque se hubiera amontonado demasiado. El amor, poco a poco, fue calmándose con la ausencia; el pesar, sofocado bajo el hábito; y esta luz incendiaria que había amoratado su pálido cielo se vio cubierta y desvanecida gradualmente. En la modorra de su conciencia llegó incluso a tomar su repugnancia hacia el esposo por aspiraciones hacia el amante, el ardor del odio por la

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