—Vaya, pues yo también —respondió el cura—. Estos primeros días de calor le debilitan a uno de una manera notable, ¿verdad? Pero, en fin, hemos nacido para sufrir, como dice san Pablo. Pero ¿qué opina de esto el señor Bovary?
—¡Bah! —dijo ella con un gesto de desprecio.
—¡Cómo! —replicó el buen hombre, bastante asombrado—, ¿no le receta nada?
—¡Ah! —dijo Emma—, no es ningún remedio terrenal lo que necesito.
Pero el cura de vez en cuando miraba hacia la iglesia, donde los muchachos arrodillados se daban codazos y caían como castillos de naipes.
—Me gustaría saber... —continuó ella.
—Asómate tú, Riboudet —gritó el cura con voz enfadada—; ¡te voy a calentar las orejas, pequeño bribón!
Luego, volviéndose hacia Emma: «Es el hijo de Boudet, el carpintero; sus padres tienen desahogo y le dejan hacer lo que le da la gana. Sin embargo, aprendería deprisa si quisiera, porque es muy listo. Y por eso, a veces, en plan de broma, le llamo Ri boudet (como el camino que se toma para ir a Maromme) y hasta digo “Mon Riboudet”. ¡Ja! ¡Ja! “Mont Riboudet”. El otro día se lo repetí al señor obispo y se río; se dignó a reírse. ¿Y cómo está el señor Bovary?».
Ella pareció no oírlo. Y él continuó—
—Siempre muy ocupado, sin duda; pues él y yo somos ciertamente las personas más ocupadas de la parroquia. Pero él es médico del cuerpo —añadió con una risa espesa—, y yo del alma.