Cuando se arrodillaba en su reclinatorio gótico, dirigía al Señor las mismas palabras suaves que antaño le había susurrado a su amante en los desahogos del adulterio. Era para hacer venir la fe; pero ninguna delicia descendía de los cielos, y se levantaba con los miembros cansados y con la vaga sensación de una gigantesca superchería.
Esta búsqueda de la fe, pensaba, era solo un mérito más, y, en el orgullo de su devoción, Emma se comparaba con aquellas grandes damas de antaño cuya gloria había soñado ante un retrato de La Vallière, y que, arrastrando con tanta majestad las colas de encaje de sus largos vestidos, se retiraban a la soledad para derramar a los pies de Cristo todas las lágrimas de unos corazones que la vida había herido.
Luego se entregó a una caridad excesiva. Cosía ropa para los pobres, mandaba leña a las parturientas; y Carlos, al volver un día a casa, encontró a tres buenos para nada en la cocina sentados a la mesa tomando sopa.
Hizo traer a su hijita, a quien, durante su enfermedad, su marido había devuelto a la nodriza. Quería enseñarle a leer; aun cuando Berthe lloraba, ella no se irritaba.
Se había propuesto la resignación, la indulgencia universal. Sus palabras sobre cualquier cosa estaban llenas de expresiones ideales. Le decía a su niña: «¿Te duele menos la barriga, angelito mío?».
La señora Bovary madre no encontró nada que censurar, salvo tal vez esa manía de hacer chaquetitas de punto para los huérfanos en lugar de remendar la ropa blanca de casa; pero, agobiada por las disputas domésticas, la buena mujer encontraba gusto en aquella casa tranquila, y se quedó incluso hasta después de Pascua para escapar de los sarcasmos del viejo Bovary, que nunca dejaba de pedir androllas el Viernes Santo.