Cuando el hombre había cogido unas cuantas monedas de cobre en su gorra, bajaba una vieja funda de tela azul, se echaba el órgano a la espalda y se alejaba con paso pesado. Ella lo veía marchar.
Pero eran sobre todo las horas de comer las que le resultaban insoportables, en esta pequeña estancia de la planta baja, con su estufa humeante, su puerta chirriante, las paredes que sudaban, las baldosas húmedas; toda la amargura de la vida parecía servida en su plato, y con el humo del cocido se elevaban de su alma secreta vahos de náusea.
Charles comía despacio; ella jugueteaba con unos frutos secos o, apoyada en el codo, se entretenía trazando líneas sobre el hule de la mesa con la punta del cuchillo.
Ella dejaba ahora que todo en su casa se cuidara solo, y la señora Bovary madre, cuando vino a pasar parte de la Cuaresma a Tostes, se sorprendió mucho del cambio.
Ella, que antes era tan cuidadosa, tan coqueta, ahora se pasaba días enteros sin arreglarse, llevaba medias de hilo gris y gastaba velas de sebo. No hacía más que repetir que debían ser económicos ya que no eran ricos, y añadía que estaba muy contenta, muy feliz, que Tostes le gustaba muchísimo, junto con otras palabras que le cerraban la boca a su suegra.
Además, Emma ya no parecía dispuesta a seguir sus consejos; una vez incluso, habiendo juzgado oportuno la señora Bovary sostener que las amas debían vigilar la religión de sus criadas, le había respondido con una mirada tan irritada y una sonrisa tan fría que la buena señora no volvió a entrometerse.
Emma se iba volviendo difícil, caprichosa. * Pedía platos para ella y luego no los probaba; * un día bebía solo leche pura, * al siguiente, tazas de