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nydus/Madame BovaryPublic
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VI

Se cansó de aquello, no quiso confesarlo, continuó por costumbre y al fin se sorprendió al sentirse consolada, y sin más tristeza en el corazón que arrugas en la frente.

Las buenas monjas, que tan seguras habían estado de su vocación, advirtieron con gran asombro que la señorita Rouault parecía escapárseles de las manos.

En verdad, habían sido tan pródigas con ella en oraciones, retiros, novenas y sermones; le habían predicado tantas veces el respeto debido a los santos y a los mártires, y le habían dado tantos buenos consejos acerca del pudor del cuerpo y de la salvación de su alma, que hizo como los caballos de freno tenso: se detuvo en seco y el bocado se le resbaló de los dientes.

Esta naturaleza, positiva en medio de sus entusiasmos —que había amado la iglesia por las flores, y la música por la letra de las canciones, y la literatura por su estímulo pasional—, se rebelaba contra los misterios de la fe al tiempo que se irritaba con la disciplina, algo antipático a su temperamento.

Cuando su padre la sacó del colegio, a nadie le pesó verla marchar. La superiora incluso pensó que últimamente se había mostrado algo irreverente con la comunidad.

Emma, de vuelta una vez más en su casa, experimentó primero el placer de ocuparse de los criados, luego sintió repugnancia por el campo y añoró su convento. Cuando Charles fue a los Bertaux por primera vez, se creía completamente desengañada, sin nada más que aprender ni nada más que sentir.

Pero el desasosiego de su nueva posición, o tal vez la turbación causada por la presencia de aquel hombre, había bastado para hacerle creer que al fin sentía esa pasión maravillosa que, hasta entonces, como

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