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nydus/Madame BovaryPublic
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III

que llevaba por la mañana cuando fumaba en pipa en la plaza. Como además tenía la costumbre de beber bastante aguardiente, mandaba a menudo a la criada al León de Oro a comprarle una botella, que se apuntaba a cuenta de su hijo, y para perfumarse los pañuelos gastó toda las reservas de agua de Colonia de su nuera.

A esta última no le desagradaba en absoluto su compañía. Había vivido mucho, hablaba de Berlín, de Viena y de Estrasburgo, de sus tiempos de soldado, de las amantes que había tenido, de los grandes almuerzos de los que había participado; además, era amable y a veces incluso, ya fuera en la escalera o en el jardín, le agarraba la cintura, exclamando: «Carlos, cuídate».

Entonces la señora Bovary madre se alarmó por la felicidad de su hijo y, temiendo que su marido pudiera a la larga ejercer una influencia inmoral sobre las ideas de la joven, se ocupó de apresurar la partida. Quizá tuviera motivos más graves de inquietud. El señor Bovary no era hombre para respetar nada.

Un día, Emma sintió de repente el deseo de ver a su hijita, a la que habían dado en nodriza a casa de la mujer del carpintero, y, sin mirar el calendario para ver si ya habían transcurrido las seis semanas de la Virgen, partió hacia la casa de los Rollet, situada en el extremo del pueblo, entre el camino real y los campos.

Era mediodía; las contraventanas de las casas estaban cerradas y los tejados de pizarra, que brillaban bajo la violenta luz del cielo azul, parecían sacar chispas de la cresta de los gabletes. Soplaba un viento fuerte; Emma se sentía débil al caminar; las piedras del pavimento le hacían daño; dudaba entre volver a casa o entrar en alguna parte a descansar.

En ese momento, monsieur Léon salió de una puerta vecina con un atajo de papeles bajo el brazo. Se acercó a saludarla y se detuvo a la sombra, frente a la tienda de Lheureux, bajo el saliente toldo gris.

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