Soplabas una brisa fresca; el centeno y la colza brotaban, pequeñas gotas de rocío temblaban en los bordes de los caminos y en los setos de espino. Toda clase de sonidos alegres llenaban el aire; el traqueteo de un carro que rodaba a lo lejos por las rodadas, el canto de un gallo, repetido una y otra vez, o los juegos de un potrillo que huía bajo los manzanos. El cielo puro estaba surcado de nubes rosadas; una neblina azulada reposaba sobre las casitas cubiertas de lirios. Charles, al pasar, reconoció cada corral. Recordaba mañanas como esta en las que, tras visitar a algún enfermo, salía de una de ellas y volvía junto a ella.
El paño negro esparcido de cuentas blancas se levantaba de vez en cuando, dejando al descubierto el ataud. Los cansados porteadores caminaban más despacio, y este avanzaba con sacudidas constantes, como un barco que cabecea con cada ola.
Llegaron al cementerio. Los hombres se fueron derecho a un lugar en la hierba donde había una tumba