—Pero si no tiene dinero en efectivo, tiene una propiedad.
Y le recordó una choza miserable situada en Barneville, cerca de Aumale, que no producía casi nada. Antiguamente había formado parte de una pequeña granja vendida por el señor Bovary padre; pues Lheureux lo sabía todo, hasta el número de fanegas y los nombres de los vecinos.
—Si estuviera en su lugar —dijo—, saldaría mis deudas y me sobraría dinero.
Ella señaló la dificultad de conseguir un comprador. Él abrigaba la esperanza de encontrar uno; pero ella le preguntó cómo se apañaría para venderlo.
—¿No tiene usted su poder Notarial? —respondió él.
La frase le llegó como un soplo de aire fresco.
«Déjeme la cuenta», dijo Emma.
—Oh, no vale la pena —respondió Lheureux.
Regresó la semana siguiente y se jactó de haber descubierto por fin, tras muchos apuros, a cierto Langlois que desde hacía tiempo le echaba el ojo a la propiedad, aunque sin mencionar su precio.
—¡No importa el precio! —exclamó ella.
Pero tendrían, por el contrario, que esperar, que tantear al tipo. El asunto valía la pena del viaje y, como ella no podía emprenderlo, él se ofreció a ir al lugar para tener una entrevista con Langlois.
A su regreso anunció que el comprador proponía cuatro mil francos.
Emma estaba radiante ante esta noticia.
—Francamente —añadió—, es un buen precio.