Rodolphe tenía una gran capa; la envolvió en ella y, pasándole el brazo por la cintura, la llevó sin decir palabra hasta el fondo del jardín.
Era en el cenador, en el mismo banco de viejos maderos donde antiguamente Léon la había mirado con tanta pasión en las tardes de verano. Ahora ya no pensaba nunca en él.
Las estrellas brillaban a través de las deshojadas ramas del jazmín.
Detrás de ellos oían correr el río, y de vez en cuando, en la orilla, el crujido de los juncos secos.
Masas de sombra emergían aquí y allá en la oscuridad, y a veces, vibrando con un solo movimiento, se levantaban y oscilaban como inmensas olas negras que avanzaban para devorarlos.
El frío de las noches los hacía estrecharse más; los suspiros de sus labios se les antojan más profundos; sus ojos, que apenas podían ver, más grandes; y en medio del silencio se decían palabras bajas que caían sobre sus almas sonoras, cristalinas, y que reverberaban en vibraciones multiplicadas.
Cuando la noche era lluviosa, se refugiaban en el gabinete de consulta, situado entre el cobertizo y la cuadra. Ella encendía una de las velas de la cocina que había escondido detrás de los libros. Rodolphe se instalaba allí como en su propia casa.
La vista de la biblioteca, del escritorio, de todo el apartamento, en fin, despertaba su alegría, y no podía contener las bromas sobre Charles, lo que incomodaba un poco a Emma. A ella le hubiera gustado verlo más serio, y hasta en ocasiones más dramático; como, por ejemplo, cuando creía oír ruido de pasos que se acercaban por el callejón.
—¡Alguien viene! —dijo ella.
Apagó la luz.