propio marchante de sidra, probó él mismo la bebida y se cercioró de que los barriles quedaban bien colocados en la bodega; explicó cómo apañarse para conseguir un suministro de mantequilla barata y concertó un trato con Lestiboudois, el sacristán, quien, además de sus funciones sacerdotales y funerarias, cuidaba los principales jardines de Yonville por horas o por años, según el gusto de los clientes.
La necesidad de cuidar de los demás no era lo único que impulsaba al boticario a mostrar semejante cordialidad obsequiosa; había un plan oculto tras todo aquello.
Había infringido la ley del 19 de Ventoso del año XI, artículo I, que prohibía a toda persona sin título ejercer la medicina; de modo que, a raíz de ciertas denuncias anónimas, Homais había sido citado en Ruan ante el fiscal del rey en su despacho privado; el magistrado lo recibió de pie, con el armiño al hombro y la birreta en la cabeza.
Era por la mañana, antes de que abriera el tribunal. En los pasillos se oían las pesadas botas de los gendarmes al pasar y, como un ruido lejano, grandes cerraduras que se echaban.
Al boticario le zumbaron los oídos como si fuera a sufrir un ataque apopléjico; vio el fondo de los calabozos, a su familia en lágrimas, su farmacia vendida, todos los botes dispersos; y tuvo que entrar en un café y tomarse un vaso de ron con seltzer para reponerse.
Poco a poco el recuerdo de esta reprimenda fue desvaneciéndose, y él continuó, como hasta entonces, dando consultas paliativas en su salita interior. Pero el alcalde estaba resentido, sus colegas tenían celos, todo era de temer; ganarse a Monsieur Bovary con sus atenciones equivalía a granjearse su gratitud e impedir que hablara más tarde, en caso de notar algo. Así pues, todas las mañanas Homais le llevaba «el periódico», y a menudo por la tarde dejaba su botica unos instantes para charlar con el