Venían a buscar esparcimiento en las bellas artes tras las zozobras de los negocios; pero el «negocio» no se olvidaba; todavía se hablaba de algodones, de alcohol de vino o de índigo. Se veían cabezas de ancianos, inexpresivas y apacibles, con el cabello y el cutis semejantes a medallas de plata empañadas por vapores de plomo. Los jóvenes elegantes se paseaban gallardamente por el patio de butacas, luciendo en la abertura del chaleco sus corbatas rosas o verde manzana, y Madame Bovary, desde arriba, los admiraba apoyados en sus bastones con pomos de oro sobre la palma abierta de sus guantes amarillos.
Ya se habían encendido las luces de la orquesta; la lámpara de araña, bajada del techo, arrojaba por el brillo de sus facetas una alegría repentina sobre el teatro; después los músicos entraron uno tras otro; y primero se oyó el bullicio prolongado de los bajos que gruñían, los violines que chillaban, las cornetas que sonaban, las flautas y los flageoles que silbaban.
Pero se oyeron tres golpes en el escenario, comenzó un redoble de tambores, los instrumentos de metal tocaron algunos acordes y el telón, al levantarse, dejó ver un paisaje campestre.
Era la encrucijada de un bosque, con una fuente sombreada por un roble a la izquierda. Campesinos y señores con mantas a cuadros sobre los hombros cantaban juntos una canción de caza; luego apareció de pronto un capitán, que evocó al espíritu del mal levantando ambos brazos al cielo. Apareció otro; se fueron, y los cazadores comenzaron de nuevo.
Se sintió transportada a las lecturas de su juventud, en medio de Walter Scott. Le pareció oír a través de la bruma el sonido de las gaitas escocesas resonando sobre los brezos. Después, ayudándole el recuerdo