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nydus/Madame BovaryPublic
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VII

Cuando hubo así por algún tiempo golpeado el pedernal sobre su corazón sin sacar una chispa, incapaz, por lo demás, tanto de comprender lo que no experimentaba como de creer en nada que no se presentara bajo formas convencionales, se persuadió sin dificultad de que la pasión de Charles no tenía nada de muy exorbitante.

Sus arrebatos se volvieron regulares; la abrazaba en ciertas horas fijas. Era una costumbre entre otras costumbres y, como un postre, algo que se esperaba con ilusión tras la monotonía de la comida.

Un guarda de caza, curado por el médico de una inflamación pulmonar, le había regalado a madame una pequeña galga italiana; ella la sacaba a pasear, pues salía a veces para estar sola un momento y no ver ante sus ojos el eterno jardín y el camino polvoriento.

Llegaba hasta loshayedos de Banneville, cerca del pabellón desierto que forma un ángulo en el muro del lado del campo. Entre la vegetación de la zanja hay cañas largas con hojas que cortan.

Empezó por mirar a su alrededor para ver si nada había cambiado desde la última vez que había estado allí. Encontró de nuevo en los mismos lugares las digitales y los alhelíes, los rodales de ortigas que crecían alrededor de las grandes piedras, y las manchas de liquen a lo largo de los tres ventanales, cuyos contrapesos, siempre cerrados, se pudrían sobre sus barras de hierro mohosas.

Sus pensamientos, vagos al principio, discurrieron al azar, como su galgo, que daba vueltas y vueltas por los campos, ladrando tras las mariposas amarillas, persiguiendo a las musarañas o mordisqueando las amapolas en el borde de un trigal.

Luego, poco a poco, sus ideas tomaron forma definitiva y, sentada en la hierba que arrancaba con pequeños golpes de su sombrilla, Emma se repitió: —¡Dios mío! ¿Por qué me casaría?

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