De vez en cuando soplaban ráfagas de viento, brisas del mar que barrían de un solo golpe toda la meseta del país de Caux y traían hasta estos campos una frescura salada.
Los juncos, pegados al suelo, silbaban; las ramas temblaban con un rápido crujido, mientras sus copas, agitadas sin cesar, mantenían un profundo murmullo.
Emma se echó el chal sobre los hombros y se levantó.
En la alameda, una luz verde atenuada por las hojas iluminaba el musgo corto que crujía suavemente bajo sus pies.
El sol se estaba poniendo; el cielo mostraba un tono rojo entre las ramas, y los troncos de los árboles, uniformes y plantados en línea recta, parecían una columnata parda que destacaba sobre un fondo de oro.
Un miedo se apoderó de ella; llamó a Djali, y regresó apresuradamente a Tostes por el camino real, se dejó caer en un sillón y el resto de la noche no habló.
Pero hacia finales de septiembre algo extraordinario cayó sobre su vida; fue invitada por el marqués d’Andervilliers a Vaubyessard.
Secretario de Estado durante la Restauración, el Marqués, deseoso de volver a la vida política, se dispuso a preparar su candidatura a la Cámara de Diputados con mucha antelación. En invierno repartía gran cantidad de madera, y en el Consejo General pedía siempre con entusiasmo nuevos caminos para su distrito. Durante los calores de julio había padecido un absceso, que Carlos había curado como por milagro dando un oportuno y pequeño toque con la lanceta. El administrador, enviado a Tostes para pagar la operación, contó por la noche que había visto unas cerezas magníficas en el jardincito del médico.