Codal
nydus/Madame BovaryPublic
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VII

De vez en cuando soplaban ráfagas de viento, brisas del mar que barrían de un solo golpe toda la meseta del país de Caux y traían hasta estos campos una frescura salada.

Los juncos, pegados al suelo, silbaban; las ramas temblaban con un rápido crujido, mientras sus copas, agitadas sin cesar, mantenían un profundo murmullo.

Emma se echó el chal sobre los hombros y se levantó.

En la alameda, una luz verde atenuada por las hojas iluminaba el musgo corto que crujía suavemente bajo sus pies.

El sol se estaba poniendo; el cielo mostraba un tono rojo entre las ramas, y los troncos de los árboles, uniformes y plantados en línea recta, parecían una columnata parda que destacaba sobre un fondo de oro.

Un miedo se apoderó de ella; llamó a Djali, y regresó apresuradamente a Tostes por el camino real, se dejó caer en un sillón y el resto de la noche no habló.

Pero hacia finales de septiembre algo extraordinario cayó sobre su vida; fue invitada por el marqués d’Andervilliers a Vaubyessard.

Secretario de Estado durante la Restauración, el Marqués, deseoso de volver a la vida política, se dispuso a preparar su candidatura a la Cámara de Diputados con mucha antelación. En invierno repartía gran cantidad de madera, y en el Consejo General pedía siempre con entusiasmo nuevos caminos para su distrito. Durante los calores de julio había padecido un absceso, que Carlos había curado como por milagro dando un oportuno y pequeño toque con la lanceta. El administrador, enviado a Tostes para pagar la operación, contó por la noche que había visto unas cerezas magníficas en el jardincito del médico.

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