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nydus/Madame BovaryPublic
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VII

Jamás había tenido la curiosidad, según contaba, cuando vivía en Ruan, de ir al teatro a ver a los actores de París. No sabía nadar, ni esgrimir, ni tirar al blanco, y un día no supo explicarle cierto término de equitación con el que ella se había topado en una novela.

Un hombre, por el contrario, ¿no debería saberlo todo, sobresalir en múltiples actividades, iniciarla a una en las energías de la pasión, en los refinamientos de la vida, en todos los misterios?

Pero este no enseñaba nada, no sabía nada, no deseaba nada. La creía feliz; y ella resentía esta calma fácil, esta pesadez serena, la misma felicidad que le brindaba.

A veces ella dibujaba; y para Charles era una gran diversión quedarse allí de pie y muy derecho para verla inclinarse sobre su cartón, con los ojos medio cerrados para contemplar mejor su obra, o haciendo rodar, entre sus dedos, pequeñas bolitas de miga de pan.

En cuanto al piano, cuanto más rápidamente se deslizaban sus dedos sobre él, más se maravillaba él. Pulsaba las notas con aplomo y recorría el teclado de arriba abajo sin interrupción.

Así sacudido, el viejo instrumento, cuyas cuerdas zumbaban, se dejaba oír en el otro extremo del pueblo cuando la ventana estaba abierta, y a menudo el empleado del alguacil, que pasaba por el camino real con la cabeza descubierta y en zapatillas de fieltro, se detenía a escuchar, con su hoja de papel en la mano.

Emma, en cambio, sabía cuidar de su casa. Enviaba las cuentas de los pacientes en cartas bien redactadas que no tenían nada de factura. Cuando tenían a algún vecino a cenar los domingos, se ingeniaba para servir algún plato sabroso —montones de ciruelas claudias sobre hojas de vid, conservas servidas en platos llanos— e incluso hablaba de comprar copas para enjuagarse los dedos en los postres. Por todo esto, se le tenía mucha consideración a Bovary.

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