duda como un niño; pero aquí, en Ruán, junto al puerto, con la mujer de este médico de poca monta, se sentía a sus anchas, seguro de antemano de que luciría. El aplomo depende del entorno. No se habla en un primer piso como en un cuarto; y la mujer rica parece llevar consigo, para salvaguardar su virtud, todos sus billetes de banco, a modo de coraza en el forro del corsé.
Al dejar a los Bovary la noche anterior, Léon los había seguido por las calles a cierta distancia; luego, al verlos detenerse en la Croix-Rouge, dio media vuelta y pasó la noche meditando un plan.
De modo que al día siguiente, hacia las cinco en punto, entró en la cocina de la fonda con una sensación de ahogo en la garganta, las mejillas pálidas y esa resolución de cobardes que no se detiene ante nada.
«El caballero no está», contestó un criado.
Esto le pareció un buen augurio.
Subió las escaleras.
No le turbó su acercamiento; por el contrario, le pidió disculpas por haber omitido decirle dónde se hospedaban.
—¡Oh, lo adiviné! —dijo Léon.
Él fingió que lo había guiado hacia ella el azar, el instinto. Ella comenzó a sonreír; y de inmediato, para reparar su torpeza, Léon le contó que se había pasado la mañana buscándola por todos los hoteles de la ciudad uno tras otro.
—¿Así que has tomado la decisión de quedarte? —añadió él.
—Sí —dijo ella—, y me equivoque. Uno no debe acostumbrarse a los placeres imposibles cuando hay mil exigencias que lo reclaman a uno.