tener sobre los comercios ordinarios, una necesidad general sobre el capricho individual.
Ella entró. El gran sillón estaba volcado, y hasta el fanal de Ruan yacía en el suelo, extendido entre dos almireces. Abrió de un empujón la puerta del vestíbulo, y en medio de la cocina, entre orzas pardas llenas de grosellas desgranadas, de azúcar en polvo y en terrones, las balanzas sobre la mesa y las cazuelas en el fuego, vio a todos los Homais, pequeños y grandes, con delantales que les llegaban a la barbilla y tenedores en las manos. Justín estaba de pie con la cabeza baja, y el boticario gritaba—
—¿Quién te mandó a buscarlo al Cafarnaún?
—¿Qué es? ¿Qué pasa?
—¿Qué pasa? —respondió el boticario—. Estamos haciendo confitura; está a fuego lento; pero iba a derramarse porque hay demasiado jugo, y pedí otra cacerola. Entonces él, por desidia, por pereza, fue a buscar, colgada de su clavo en mi laboratorio, la llave del Cafarnaúm.
Era así como el boticario llamaba a una pequeña habitación bajo los tejados, llena de los utensilios y de las mercancías de su oficio. A menudo pasaba allí largas horas a solas, etiquetando, trasegando y reempaquetando; y la consideraba no como un simple almacén, sino como un verdadero santuario, de donde salían después, elaboradas por sus manos, toda clase de píldoras, bolos, infusiones, lociones y pociones que llevarían muy lejos su celebridad. Nadie en el mundo ponía el pie allí, y la respetaba tanto que él mismo la barría. En fin, si la botica, abierta a todo el mundo, era el lugar donde exhibía su orgullo, el Cafarnaúm era el refugio donde, concentrándose egoístamente, Homais se deleitaba en el ejercicio de sus predilecciones, por lo que la ligereza de Justin le parecía una monstruosa falta de irreverencia, y, más rojo que las grosellas, repetía: