a un joven pisaverde que había seducido a una obrera, el cual al final...
—Ciertamente —continuó Homais—, hay mala literatura como hay mala farmacia, pero condenar en bloque a la más importante de las bellas artes me parece una estupidez, una idea gótica, digna de los tiempos abominables que encarcelaron a Galileo.
—Sé muy bien —objetó el cura— que hay buenas obras, buenos autores. Sin embargo, si se trata tan solo de esas personas de diferente sexo reunidas en un apartamento encantador, decorado de rojo, esas luces, esas voces afeminadas, todo esto debe, a la larga, engendrar un cierto libertinaje mental, dar lugar a pensamientos deshonestos y tentaciones impuras. Tal es, al menos, la opinión de todos los Padres. Por fin —añadió, adoptando de repente un tono místico de voz mientras se frotaba una pizca de rapé entre los dedos—, si la Iglesia ha condenado el teatro, tiene que estar en lo cierto; debemos someternos a sus decretos.