Le confiaba muchas cosas a su lebrel. Lo habría hecho con los leños de la chimenea o con el péndulo del reloj.
En el fondo de su corazón, sin embargo, estaba esperando a que algo sucediera.
Como los náufragos, volvía sus ojos desesperados hacia la soledad de su vida, buscando a lo lejos alguna vela blanca en las brumas del horizonte.
No sabía cuál sería ese azar, qué viento se la traería, hacia qué costa la llevaría, si sería una chalupa o un bergantín de tres puentes, cargado de angustia o rebosante de dicha hasta los portones.
Pero cada mañana, al despertar, esperaba que llegara ese día; escuchaba cada ruido, se levantaba de un salto, se extrañaba de que no viniera; luego, al atardecer, cada vez más entristecida, ansiaba que llegara el mañana.
Llegó la primavera. Con los primeros calores, cuando los peral empezaron a florecer, sufrió de disnea.
Desde principios de julio contaba las semanas que faltaban para octubre, pensando que tal vez el marqués d’Andervilliers daría otro baile en Vaubyessard. Pero todo septiembre transcurrió sin cartas ni visitas.
Tras el tedio de esta decepción su corazón volvió a quedar vacío, y entonces comenzó de nuevo la misma serie de días. Así pues, ahora se sucederían unos a otros, siempre iguales, inamovibles, y sin traer nada. Otras vidas, por muy grises que fuesen, tenían al menos la posibilidad de algún acontecimiento. Una aventura traía a veces consigo infinitas consecuencias y el escenario cambiaba.