En el convento había una solterona que venía durante una semana al mes a remendar la ropa blanca.
Protegida por el clero, debido a que pertenecía a una antigua familia de nobles arruinada por la Revolución, comía en el refectorio a la mesa de las buenas hermanas y, después de la comida, charlaba un rato con ellas antes de volver a su labor.
Las niñas se escapaban a menudo del estudio para ir a verla. Se sabía de memoria las canciones de amor del siglo pasado y las cantaba en voz baja mientras cosía.
Contaba historias, les daba noticias, hacía recados por el pueblo y prestaba a escondidas a las mayoras alguna novela que siempre llevaba en los bolsillos del delantal, de la cual la buena señora devoraba largos capítulos entre faena y faena.
Eran todo amores, amantes, novias, damas perseguidas desmayándose en pabellones solitarios, postillones masacrados en cada etapa, caballos reventados en cada página, bosques sombríos, dolores de corazón, juramentos, sollozos, lágrimas y besos, botecitos a la luz de la luna, ruiseñores en losbosques umbríos, «caballeros» valientes como leones, mansos como corderos, virtuosos como nadie lo fue nunca, siempre bien vestidos y llorando como fuentes.
Durante seis meses, pues, Emma, a los quince años, se manchó las manos con los libros de los antiguos gabinetes de lectura.
Por medio de Walter Scott, más tarde, se enamoró de los acontecimientos históricos, soñó con arcones viejos, salas de guardia y ministriles. Le hubiera gustado vivir en algún caserón antiguo, como aquellas castellanas de talle largo que, a la sombra de los ojivas, pasaban los días apoyadas en la piedra, la barbilla en la mano, viendo a un caballero con penacho blanco galopar en su caballo negro desde los