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nydus/Short FictionPublic
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IV

El joven propietario deseaba evidentemente hacer algunas preguntas más a los campesinos. No se movió del banco y miraba con indecisión, ora a Churis, ora a la estufa vacía y sin encender.

—Bueno, ¿ya has cenado? —preguntó al fin.

Una sonrisa burlona acudió a los labios de Churis, como si le pareciera ridículo que su amo hiciera preguntas tan necias; no respondió nada.

—¿Qué quiere decir con lo de la cena, bienhechor? —dijo la anciana, suspirando profundamente—. Hemos comido un poco de pan; esa es nuestra cena. Hoy no pudimos conseguir verduras para hacer una sopa, pero teníamos un poco de kvas, suficiente para los niños.

“Hoy ha sido día de ayuno para nosotros, excelencia —observó Churis con sarcasmo, retomando las palabras de su mujer—.

Pan y cebollas; así es como vivimos los campesinos. Sea como fuere, alabado sea el Señor, todavía me queda un poco de grano, gracias a vuestra bondad; ha durado hasta ahora; pero hay un montón de campesinos nuestros que no tienen nada. Por todas partes hay escasez de cebollas. Hace apenas uno o dos días mandaron a buscar a Mijáil el jardinero para conseguir un manojo por un kópek: no se encontraba en ningún lado. Casi no he pisado la iglesia de Dios desde Pascua. No he tenido con qué comprar una vela para Mikola [San Nicolás].”

Nechlúdov, ni por referencias ni por confianza en las palabras ajenas, sino por la evidencia de sus propios ojos, conocía desde hacía tiempo la profunda miseria en la que se había hundido su campesinado; pero la entera realidad estaba en tan perfecto contraste con su propia educación, el giro de su mente y el curso de su vida, que a pesar de sí mismo no dejaba de olvidar la verdad de aquello; y cada vez que, como ahora, se le presentaba de forma vívida y tangible, el corazón se le desgarraba con una melancolía dolorosa, casi insoportable, como si algún castigo absoluto e inevitable lo estuviera atormentando.

—¿Por qué es usted tan pobre? —exclamó, expresando su pensamiento involuntariamente.

—¿Cómo podríamos no ser pobres, señor, excelencia? Nuestra tierra es muy mala, como a su merced le consta: montones de arcilla y arena; y seguro que hemos ofendido a Dios, desde hace tanto tiempo, desde el cólera, que no crece el trigo. Nuestros prados y todo lo demás no hacen más que empeorar.

Y algunos de nosotros tenemos que trabajar para la granja, y otros estamos destinados a las tierras del señorío. Y aquí me tiene a mí, sin nadie que me ayude, y haciéndome viejo. Bastante contento estaría de trabajar, pero no tengo fuerzas. Y mi vieja está enferma; y cada año nace una niña, y tengo que alimentar a todas.

Me consumo de cansancio yo solito, y aquí hay siete dependientes de mí. Debo de ser un pecador a los ojos del Señor Dios, pienso a menudo para mis adentros. Y cuando Dios me lleve de repente, siento que me sería más fácil; igual que es mejor para ellas que llevar esta vida de perros aquí…

—¡Oh, oj! —gimió la anciana, como una especie de confirmación de las palabras de su marido.

—Y esta es toda la ayuda que tengo —continuó Churis, señalando al muchachito de siete años, de cabeza blanca y desgreñada, con una barriga enorme, que en ese momento, empujando la puerta tímida y silenciosamente, entró en la choza y, clavando los ojos con asombro y solemnidad en el amo, se aferró a la tira de la camisa de Churis con ambas manos.

“Esta es toda la ayuda que tengo aquí”, continuó Churis con voz sonora, poniendo su mano peluda sobre el cabello blanco del muchacho. “¿Cuándo servirá para algo? Pero mi trabajo no vale gran cosa. Cuando llegue a la vejez no serviré para nada; la hernia me está venciendo. Con el tiempo húmedo me hace pegar gritos. Voy haciéndome viejo y, sin embargo, tengo que ocuparme de mi tierra. Y ahí están Yermilof, Demkin, Zabref, todos más jóvenes que yo, y hace tiempo que fueron liberados de su tierra. Bueno, no tengo a nadie que me ayude con ella; esa es mi desgracia. Tengo que alimentar a tantos; ahí estriba mi lucha, excelencia”.

—Me alejaría mucho poder facilitárselo, de verdad. Pero ¿cómo puedo hacerlo? —preguntó el joven bárin con tono compasivo, mirando al siervo.

—¿Cómo hacerlo más fácil? Es un hecho bien sabido que, si tienes tierras, también debes hacer trabajos forzados; esa es la reglamentación. Espero algo de este muchacho. Si tan solo tuviera la gentileza de eximirlo de ir a la escuela. Pero hace apenas uno o dos días, el oficial vino y dijo que su excelencia quería que él fuera a la escuela. Excúselo, se lo ruego; no tiene capacidad para el aprendizaje, su excelencia. Es todavía muy joven; no entenderá nada.

—No, hermano, ahí te equivocas —dijo el bárin.— Tu muchacho ya tiene edad para entender; ya es hora de que aprenda. ¡Piénsalo bien! Cómo crecerá y aprenderá sobre la labranza; sí, y sabrá el abecedario, y sabrá leer; y leerá en la iglesia. Te será de gran ayuda si Dios le permite vivir —dijo Nejliúdov, esforzándose por explicarse con la mayor claridad posible, y al mismo tiempo sonrojándose y tartamudeando.

—Muy cierto, su excelencia. No nos quiere usted hacer daño, pero no hay quien cuide la casa; porque mientras la vieja y yo cumplimos la prestación personal, el muchacho, aunque es tan pequeño, es de gran ayuda, pues lleva el ganado a pastar y da de beber a los caballos. Sea como sea, es un auténtico muzhik; —y Churis, con una sonrisa, cogió la nariz del muchacho entre sus gordos dedos y le limpió los mocos con maña.

“Sin embargo, debes mandarlo a la escuela, pues ahora estás en casa y él tiene mucho tiempo⁠—¿oyes? No vayas a fallar”.

Churis suspiró hondo y no respondió.

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