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nydus/Short FictionPublic
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II

amarillento, los arbustos cubiertos de rocío de espina de Cristo, cornejo y olmo enano, aparecían extraordinariamente nítidos y salientes bajo la dorada luz matutina; pero el otro lado y el valle, envueltos en una espesa niebla que flotaba en estratos irregulares, se mostraban húmedos y sombríos, y presentaban una mezcla indefinida de colores: púrpura pálido, casi negro, verde oscuro y blanco. Justo frente a nosotros, llamativamente nítidas contra el horizonte azul oscuro, se alzaban las brillantes masas de un blanco mortal de las montañas nevadas, con sus sombras y contornos, fantásticos y a la vez exquisitos en cada detalle. Criaturas como grillos, saltamontes y miles de insectos más se despertaban en las hierbas altas y llenaban el aire con sus sonidos claros e incesantes: era como si innumerables campanitas estuvieran resonando dentro de nuestros propios oídos. El aire estaba lleno del aroma del agua, de la hierba y de la niebla⁠: el aroma de una hermosa mañana de principios de verano. El capitán encendió un mechero y prendió su pipa, y el olor de su tabaco barato y de la yesca me pareció extraordinariamente agradable.

Para adelantar a la infantería con mayor rapidez, dejamos el camino. El capitán parecía más pensativo de lo habitual, no se quitaba la pipa de Daguestán de la boca y, a cada paso, tocaba con los talones a su caballo, el cual, tambaleándose de un lado a otro, dejaba una huella verde apenas perceptible sobre la hierba alta y mojada.

De bajo de sus mismos pies, con el grito y el zumbido de alas que involuntariamente produce un estremecimiento en todo cazador, se levantó un faisán, que voló lentamente hacia arriba. El capitán no le prestó la menor atención.

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