Nuestras tropas se habían apoderado del pueblo, y ni un solo alma del enemigo quedaba en él, cuando el General y su séquito, entre el cual me había mezclado, llegaron a caballo hasta allí.
Las largas y pulcras cabañas, con sus tejados de tierra batida y chimeneas bien formadas, se alzaban sobre irregulares montículos pedregosos, entre los cuales fluía un pequeño arroyo.
A un lado se veían verdes jardines con enormes perales y ciruelos, vivamente iluminados por el sol; al otro, extrañas sombras verticales, y las piedras perpendiculares del cementerio, y largos postes con bolas y banderas de muchos colores atadas a sus extremos.
(Estos señalaban las tumbas de los dzhigits.)
Las tropas estaban formadas fuera de las puertas.
Un momento después, dragones, cosacos e infantería se dispersaron con evidente alegría por las callejuelas tortuosas, y en un instante la aldea desierta volvió a cobrar vida. Crujió un tejado: suena un hacha contra la dura madera de una puerta que están forzando; aquí se prende fuego a un montón de heno, a una cerca, a una choza, y una columna de espeso humo se eleva en el aire despejado. He aquí a un cosaco que arrastra un costal de harina y una alfombra; allá a un soldado, con expresión de júbilo en el rostro, que saca una jofaina de estaño y unos trapos de una choza;