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nydus/Short FictionPublic
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III

empuñadura de plata pendían de su cinto, y por encima de estas, una espada en su vaina de cuero rojo y un mosquete en una funda negra colgaban de su hombro. Por su ropa, por la forma en que montaba a caballo, por su porte general, de hecho, por cada uno de sus movimientos, se podía ver que intentaba parecerse a un tártaro. Incluso hablaba en un idioma que yo no conocía con los tártaros con los que iba, pero por las miradas desconcertadas y divertidas con las que se miraban unos a otros, supuse que ellos tampoco le entendían.

Él era uno de nuestros jóvenes oficiales, intrépidos audaces que amoldan sus vidas al modelo de los héroes de Lérmontov y Marlinski. Estos oficiales solo ven el Cáucaso a través del prisma de libros como Un héroe de nuestro tiempo y Mulá-Nur, y en sus acciones no se guían por sus propias inclinaciones, sino por los ejemplos de sus modelos.

El teniente, por ejemplo, tal vez gustaba de la compañía de mujeres educadas y de hombres de rango: generales, coroneles y edecanes (tengo incluso el convencimiento de que le agradaba muchísimo tal sociedad, pues era sumamente ambicioso), pero consideraba su deber imperativo mostrar su lado más áspero a todos los hombres importantes, aunque era estrictamente moderado en su grosería con ellos; y cuando alguna dama llegaba a la fortaleza, consideraba su deber pasearse con sus amigos del alma en camisa roja y con zapatillas sobre los pies descalzos frente a su ventana, y gritar y maldecir a todo pulmón.

Pero todo esto lo hacía no tanto con la intención de ofenderla, como para dejarle ver qué hermosos y blancos pies tenía, y cuán fácil sería enamorarse de él, si así lo desease. O bien solía ir con dos o tres tártaros amigos a las colinas por la noche, para apostarse en emboscada al borde del camino, aguardar a los tártaros hostiles que pasaban y matarlos: y aunque su corazón le decía más de una

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