Cien, doscientos, trescientos años pasaron.
Belcebú no contaba el tiempo. A su alrededor se extendían la más negra oscuridad y un silencio sepulcral. Yacía inmóvil, tratando de no pensar en lo que había sucedido, pero no podía evitar pensar en ello, e inútilmente odiaba a aquel que había causado su ruina.
Entonces de repente —y no recordaba ni sabía cuántos cientos de años habían transcurrido— oyó sobre su cabeza sonidos semejantes al tráfago de pasos, gemidos, gritos y el rechinar de dientes.
Belcebú levantó la cabeza y escuchó.
Que el infierno pudiera restablecerse después de la victoria de Jesús, Belcebú no podía creerlo; y sin embargo, el pisoteo, los gemidos, los gritos y el crujir de dientes se hacían cada vez más fuertes.
Belcebú enderezó su cuerpo y encogió sus peludas patas con sus pezuñas desmesuradas. Para su asombro, las cadenas cayeron por sí solas, y agitando sus alas liberadas, dio aquel silbido de señal con el que antiguamente reunía a su alrededor a sus sirvientes y ayudantes.
Apenas tuvo tiempo de tomar aliento, cuando desde una abertura en lo alto resplandecieron llamas rojas, y una multitud de demonios, empujándose unos a otros, se precipitó a través del agujero hacia el sótano y se sentó alrededor de Belcebú como aves de rapiña alrededor de la carroña.
Estos demonios eran grandes y pequeños, gruesos y flacos, con colas largas y cortas, con cuernos derechos y torcidos.
Uno de ellos —desnudo, salvo por una capa arrojada sobre los hombros— de un color negro brillante, con una cara redonda y sin pelo, y con un vientre colgante enorme, estaba sentado sobre sus talones frente a Belcebú y volvía hacia arriba y hacia abajo sus globos oculares ardientes, sonriendo continuamente y meneando rítmicamente su larga y delgada cola de un lado a otro.