Svetlogoúb había vivido mucho durante los tres meses de su aislamiento solitario. Desde su infancia misma había sentido inconscientemente la injusticia de la posición excepcional que ocupaba como hombre rico; y aunque intentaba sofocar este sentimiento, a menudo, cuando entraba en contacto con la pobreza de la gente común —o a veces incluso cuando él mismo se sentía particularmente feliz y cómodo—, le daba cierta vergüenza su relación con el pueblo: campesinos, ancianos, mujeres y niños, que nacían, crecían y morían no solo sin conocer los placeres de los que él disfrutaba, sino sin siquiera llegar a comprenderlos, y nunca libres de la fatiga y las privaciones. Cuando terminó sus estudios en la Universidad —para liberarse de la conciencia de esta injusticia—, organizó una escuela en el pueblo de su hacienda: una escuela modelo, una cooperativa y un asilo para los pobres ancianos. Sin embargo, por extraño que parezca, cuando se ocupaba de todo esto, se sentía aún más avergonzado que cuando cenaba con sus camaradas o cuando compraba un caballo de montar caro. Sentía que no era lo correcto y, peor aún que eso: parecía haber algo malo en ello, algo moralmente impuro.
En uno de estos arrebatos de desengaño sobre sus actividades en la aldea, fue a Kiev, donde se encontró con un antiguo compañero de la Universidad.
Tres años más tarde, a ese compañero lo fusilaron en el foso de la fortaleza de Kiev.
Ese compañero, un joven ardiente y sumamente dotado, atrajo a Svetlogoúb a una sociedad cuyo objetivo era ilustrar al pueblo, despertarlo a la conciencia de sus derechos y organizarlo en grupos federados que aspiraban a liberar al pueblo de los terratenientes y del Gobierno.
Su conversación con este hombre y con los amigos de este pareció hacer madurar hasta convertir en una clara percepción todo lo que Svetlogoúb había estado sintiendo vagamente. Comprendió ahora lo que tenía que hacer.
Sin romper su relación con sus nuevos camaradas, regresó al campo y allí comenzó una línea de actividad completamente nueva. Él mismo ocupó el puesto de maestro de escuela, organizó clases para adultos, leyó libros y folletos a los campesinos y les explicó su verdadera situación.
Además de todo esto, publicó libros y folletos ilegales para el pueblo, y dio todo lo que pudo —sin quitarle nada a su madre— para la formación de centros similares en otras aldeas.
Desde un principio, Svetlogoúb se enfrentó en esta actividad a dos obstáculos inesperados:
- el primero era el hecho de que la mayoría de la gente trataba su predicación con indiferencia, o incluso con un cierto desprecio. Solo hombres excepcionales (a menudo de dudosa moralidad) lo escuchaban y simpatizaban con él.
- El otro obstáculo vino por parte del Gobierno. Cerraron su escuela; y la policía registró su casa y las viviendas de todos los que estaban relacionados con él, y confiscó libros y papeles.
Svetlogúb sentía demasiada indignación ante el segundo obstáculo—la opresión insensata y humillante del Gobierno—como para prestar mucha atención al primero. Lo mismo sentían sus camaradas que operaban en otros centros, y el sentimiento de irritación que fomentaban los unos en los otros llegó a tal grado de intensidad que la gran mayoría de su Grupo decidió combatir al Gobierno por la fuerza. El jefe de dicho Grupo era cierto Mezhenétsky, considerado por todos como un hombre de poder indómito, lógica incontestable y enteramente consagrado a la causa de la Revolución.
Svetlogoúb cedió a la influencia de aquel hombre y, con la misma energía con la que había trabajado entre el pueblo, se entregó ahora a la actividad terrorista. Dicha actividad era peligrosa, pero el peligro, por encima de todo lo demás, atraía a Svetlogoúb.
Se dijo a sí mismo:
“¡Victoria o martirio… y si ha de ser martirio, será aun así victoria en el futuro!”
Y el fuego que se había encendido en su interior no solo permaneció in extinguido durante los siete años de su actividad revolucionaria, sino que, avivado por el afecto y la estima de aquellos entre quienes se movía, ardió con cada vez más fuerza.
No concedía importancia alguna al hecho de haber entregado para la causa casi toda su fortuna (heredada de su padre), ni a las penurias y privaciones que a menudo tenía que afrontar en el curso de su actividad. Lo único que le afligía era el dolor que estaba causando a su madre y a la protegida de esta: una joven que vivía con ella y lo amaba.
Al fin uno de sus camaradas—un terrorista que no le gustaba mucho, un hombre desagradable—, al verse acorralado por la policía, le pidió a Svetlogoúb que escondiera un poco de dinamita en su casa. Justamente porque no le gustaba aquel camarada, Svetlogoúb aceptó; y al día siguiente la policía registró la casa y encontró la dinamita. Cuando le preguntaron cómo había llegado la dinamita a su poder, Svetlogoúb se negó a responder.
Y ahora comenzó el martirio que esperaba. En aquel entonces, después de que tantos de sus amigos habían sido ejecutados, encarcelados o exiliados, y tantas mujeres habían sufrido, Svetlogoúb casi deseaba el martirio. Durante los primeros momentos después de su arresto y su interrogatorio sintió una exultación peculiar y casi alegría.
Esto lo sintió mientras lo desnudaban y lo registraban, y mientras lo conducían a la prisión, y cuando las puertas de hierro se cerraron tras él. Pero cuando pasó un día, y otro, y un tercero, una semana, dos semanas, tres semanas, en la celda sucia, húmeda y llena de alimañas, en la soledad y la inactividad forzosa, variada únicamente por noticias desalentadoras o malas, que sus camaradas y compañeros de prisión le comunicaban golpeando las paredes de sus celdas; y por los interrogatorios ocasionales de hombres fríos y hostiles que intentaban atormentarlo para que incriminara a sus camaradas, su fuerza moral —y con ella la física— comenzó gradualmente a decaer. Se desanimó y, como él mismo se decía, deseaba que aquella situación insoportable terminara de un modo u otro. Su abatimiento se vio agravado por las dudas sobre su propia resistencia. En el segundo mes de su encierro se sorprendió a sí mismo pensando en revelar toda la verdad: ¡cualquier cosa con tal de ser libre! Se aterrorizó ante esta debilidad, pero ya no pudo hallar en sí mismo su fuerza anterior; y, odiándose y despreciándose a sí mismo, se sumió en un desaliento mayor que nunca. Pero lo más terrible era el hecho de que, en la prisión, empezó a añorar las energías y los placeres juveniles que había sacrificado tan a la ligera cuando era libre, y que ahora se le antojavani tan encantadores que casi se arrepentía de haber hecho lo que en su día consideró correcto, y a veces incluso de toda su actividad. Le asaltaban pensamientos sobre lo feliz que sería si tuviera libertad, viviendo en el campo o en el extranjero, libre, entre amigos amorosos y amados; cómo podría casarse con ella, o quizá con otra, y vivir con ella una vida sencilla, alegre y luminosa.