¡Pobre muchacho! No sabía que podía resultar cómico en tal situación, que la franqueza y la ternura con las que asaltaba a todos predisponían a estos no al afecto que tanto ansiaba, sino a la burla; como tampoco sabía que cuando, bastante sofocado, por fin se dejaba caer sobre la capa y descansaba apoyado en un codo con su espeso cabello negro hacia atrás, tenía un aspecto extraordinariamente
Dos oficiales estaban sentados junto al carro, jugando a las cartas sobre una caja de cantimplora. Escuché con curiosidad la conversación de los soldados y oficiales, y observé atentamente la expresión de sus rostros, pero no pude hallar absolutamente ningún rastro de la ansiedad que yo mismo experimentaba: bromas, risas y anécdotas expresaban el desinterés general y la indiferencia ante el peligro inminente; como si estuviera totalmente fuera de lugar la posibilidad de que algunos de nosotros jamás regresáramos por aquel camino.