reloj daba las once y de que el general con su séquito pasaba a caballo junto a mí.
La retaguardia estaba todavía dentro de la fortaleza. Tuve gran dificultad para abrirme paso a través del puente entre los cañones, los carros de munición, los carruajes de las diferentes compañías y los oficiales dando órdenes a gritos.
Una vez fuera de las puertas de la fortaleza, pasé al trote junto a las tropas que, extendidas a lo largo de casi tres cuartos de milla, avanzaban silenciosamente en la oscuridad, y alcancé al general.
Mientras pasaba al lado de los cañones dispuestos en fila india y de los oficiales que cabalgaban entre ellos, me dolió, como una disonancia en la tranquila y solemne armonía, el acento alemán de una voz que gritaba: «¡Condenado, un estopín!», y la voz de un soldado que llamaba apresuradamente: «¡Shevchenko, el teniente quiere fuego!».
La mayor parte del cielo estaba ahora cubierta de largas tiras de nubes gris oscuro; solo aquí y allá algunas estrellas parpadeaban tenuemente entre ellas.
La luna ya se había hundido tras el cercano horizonte de las colinas negras, visibles a la derecha, y arrojaba una luz tenue y temblorosa sobre sus cumbres, en nítido contraste con la oscuridad impenetrable que envolvía su base.
El aire era tan cálido y quieto que parecía como si ni una brizna de hierba, ni una nubecilla, se movieran.
Estaba tan oscuro que ni siquiera los objetos cercanos podían distinguirse. A los lados del camino creí ver ora rocas, ora animales, ora alguna extraña clase de hombres, y descubrí que no eran más que arbustos solo cuando los oía crujir, o sentía el rocío con el que estaban