El guía señaló un vado, y la vanguardia de caballería, seguida por el General, comenzó a cruzar el arroyo.
El agua, que llegaba hasta el pecho de los caballos, corría con tremenda fuerza entre los peñascos blancos que aquí y allá asomaban al nivel de la superficie, formando ondas espumosas y burbujeantes alrededor de las patas de los corceles. Los animales, sorprendidos por el ruido del agua, levantaban la cabeza y orejeaban, pero avanzaban con paso firme y prudente, contracorriente, sobre el fondo irregular del arroyo. Sus jinetes levantaban los pies y las armas.
La infantería, literalmente en mangas de camisa, enlazada del brazo de a veinte y sosteniendo por encima del agua sus fusiles —a los que iban atados sus hatillos de ropa—, hacía grandes esfuerzos (como lo demostraba la expresión tensa de sus rostros) para resistir la fuerza de la corriente.
Los artilleros montados, con fuertes gritos, introdujeron a sus caballos en el agua al trote. Los cañones y los carros de munición verdes, sobre los cuales salpicaba el agua de vez en cuando, repiqueteaban contra el fondo pedregoso; pero los buenos caballitos, batiendo el agua, tiraban de los arneses al unísono y, con las crines y las colas goteantes, trepaban hasta la orilla opuesta.
Tan pronto como se efectuó el cruce, el rostro del general adquirió de repente una expresión meditativa y seria, y dio media vuelta a su caballo y, seguido de la caballería, galopó al trote por un amplio claro que se abría ante nosotros en medio del bosque.
Un cordón de cosacos montados se hallaba disperso a lo largo de las lindes del bosque.