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nydus/Short FictionPublic
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III. The Campfire

Pero había que ver su figura fornida y achaparrada, como de hierro forjado, sobre sus piernas cortas y zambas, y su rostro brillante de bigotes cuando, con un puntito de embriaguez, tomaba la balalaika entre sus manos nervudas y, mirando con despreocupación a su alrededor, tocaba Barynia, o cuando caminaba por la calle con la capa echada negligentemente sobre los hombros, las condecoraciones tintineando, las manos en los bolsillos de sus pantalones azules de nanquín y con una expresión en el rostro de orgullo soldado y de desprecio por todo lo que no fuera de artillería; había que ver todo aquello para comprender cuán imposible le era, en un momento así, abstenerse de pelearse con un ordenanza, un cosaco, un infante, un paisano (en realidad, cualquiera que no fuera de la artillería) que le hubiera faltado al respeto o simplemente se le hubiera atravesado en el camino. Luchaba y arm alborotos no tanto por su propio gusto como para mantener el espíritu militar en general, del cual se sentía representante.

El tercer soldado, que estaba sentado sobre los talones fumando en pipa de arcilla, era el artillero Chikin. Tenía un pendiente en una de las orejas, un bigotillo erizado y fisonomía de pájaro. El «querido viejo Chikin», como lo llamaban los soldados, era un gracioso. Durante las heladas más crueles, o con el lodo hasta las rodillas, o tras pasar dos días sin comer, en la marcha, en el desfile o en el instrucción, el «querido muchacho» se pasaba todo el tiempo y en todas partes haciendo muecas, contorsionando las piernas o contando chistes que convulsionaban de risa a todo el pelotón. En cada alto del camino, y en el campamento, siempre había un corro de soldados jóvenes reunidos en torno a Chikin, quien jugaba con ellos al Filka, les contaba historias sobre el soldado astuto y milord el inglés, imitaba a un tártaro o a un alemán, o simplemente soltaba observaciones propias con las que todo el mundo estallaba en carcajadas. Es verdad que su reputación de gracioso estaba tan arraigada en la batería que le bastaba con abrir la boca y guiñar un ojo para provocar una generalizada carcajada, pero en realidad había en él mucho de verdaderamente humorístico y sorprendente. Veía algo especial,

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