Llevábamos más de dos horas cabalgando. Empezaba a tiritar y a sentir somnolencia. A través de la penumbra todavía me parecía ver las mismas formas imprecisas; un poco más adelante, la misma pared negra y las manchas en movimiento. Muy cerca de mí veía la grupa de un caballo blanco que meneaba la cola y separaba mucho las ancas; la espalda de un abrigo blanco circasiano, en el que se distinguía un fusil en una funda negra y el fulgurante cabo de una pistola en una cartuchera bordada; el brillo de un cigarrillo iluminaba un bigote rubio, un cuello de castor y un guante blanco de gamuza. De vez en cuando, me inclinaba sobre el cuello de mi caballo, cerrando los ojos y olvidándome de todo por unos minutos; luego, sobresaltado por el conocido traqueteo y susurro, miraba a mi alrededor y sentía como si estuviera quieto y la pared negra de enfrente se moviera hacia mí, o como si se hubiera detenido y en un momento fuera a cabalgar contra ella. En uno de esos momentos, el estruendo que aumentaba y parecía acercarse, y cuya causa no podía adivinar, me impresionó vivamente: era el sonido del agua. Ibamos adentrándonos en un desfiladero profundo y nos acercábamos a un torrente de montaña que desbordaba sus orillas. El estruendo crecía, la hierba húmeda se hacía más densa y alta, y los arbustos más espesos, mientras el horizonte se estrechaba gradualmente. De vez en cuando, aquí y allá contra el fondo oscuro de las colinas, unas luces brillantes destelleaban y se desvanecían al instante.
—Dime, por favor, ¿qué son esas luces? —le pregunté en un susurro a un tártaro que cabalgaba a mi lado.
—¿Qué, no lo sabes? —respondió él.
“No.”