CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
nydus/Short FictionPublic
EspañolEnglish
Página 401 de 514
Table of Contents

¡Demasiado caro!

(Adaptación de León Tolstói de un cuento de Guy de Maupassant).

Cerca de las fronteras de Francia e Italia, a orillas del mar Mediterráneo, se encuentra un diminuto reinito llamado Mónaco. Muchos pequeños pueblos de provincia pueden jactarse de tener más habitantes que este reino, pues en total apenas suman unos siete mil, y si toda la tierra del reino se dividiera, no tocaría ni a media hectárea por habitante.

Pero en este reino de juguete hay un rey auténtico; y tiene palacio, cortesanos, ministros, un obispo, generales y un ejército.

No es un ejército grande, apenas sesenta hombres en total, pero aun así es un ejército.

También había impuestos en este reino, como en todas partes: un impuesto al tabaco, al vino y a los licores, y una capitación. Pero aunque la gente allí bebe y fuma como la gente en otros países, son tan pocos que el Rey se las habría visto y deseado para mantener a sus cortesanos y funcionarios y sostenerse a sí mismo, de no haber encontrado una nueva y especial fuente de ingresos.

Estos ingresos especiales provienen de una casa de juego, donde se juega a la ruleta. La gente juega, y ya sea que gane o pierda, el dueño siempre se queda con un porcentaje de la recaudación; y de sus ganancias le paga una gran suma al Rey. La razón por la que paga tanto es que es el único establecimiento de apuestas de ese tipo que queda en Europa.

Algunos de los pequeños soberanos alemanes solían mantener casas de juego de la misma clase, pero hace algunos años se les prohibió hacerlo. La razón por la que se les detuvo fue porque estas casas de juego hacían muchísimo daño. Un hombre venía y probaba su suerte, luego arriesgaba todo lo que tenía y lo perdía, después incluso arriesgaba dinero que no le pertenecía y lo perdía también, y entonces, en la desesperación, se ahogaba o se pegaba un tiro.

Así que los alemanes prohibieron a sus gobernantes ganar dinero de esta manera; pero no había nadie para detener al Rey de Mónaco, y él se quedó con el monopolio del negocio.

Así que ahora todos los que quieren apostar van a Mónaco. Ganen o pierdan, el rey sale ganando.

«No se pueden ganar palacios de piedra con el trabajo honrado», como dice el refrán; y el reyuelo de Mónaco sabe que es un negocio sucio, pero ¿qué va a hacer?

Tiene que vivir; y obtener ingresos del alcohol y del tabaco tampoco es cosa bonita. Así que vive y reina, recauda el dinero y celebra su corte con toda la pompa de un rey de verdad.

Tiene su coronación, sus audiencias matutinas; premia, sentencia y perdona, y también tiene sus revistas, consejos, leyes y tribunales de justicia: como los demás reyes, solo que todo a una escala menor.

Ahora bien, hace unos años sucedió que se cometió un asesinato en los dominios de este Rey de juguete. Las gente de aquel reino es pacífica, y algo así no había sucedido antes.

Los jueces se reunieron con mucha pompa y juzgaron el caso de la manera más judicial. Había jueces, fiscales, jurados y abogados defensores. Discutieron y juzgaron, y al fin condenaron al criminal a que le cortaran la cabeza como manda la ley.

Hasta ahí, todo bien. A continuación, sometieron la sentencia al Rey. El Rey leyó la sentencia y la confirmó. «Si al tipo hay que ejecutarlo, ejecútenlo».

Solo había un pequeño inconveniente en el asunto; y era que no tenían ni guillotina para cortar cabezas, ni verdugo.

Los ministros consideraron el asunto y decidieron enviar una consulta al Gobierno francés, preguntando si los franceses no podrían prestarles una máquina y un experto para cortar la cabeza del criminal; y de ser así, tendrían la amabilidad de informarles cuál sería el costo.

La carta fue enviada. Una semana después llegó la respuesta: se podía suministrar una máquina y un experto, y el costo sería de 16.000 francos.

Esto fue presentado al Rey. Él lo pensó bien. ¡Dieciséis mil francos!

«El desgraciado no vale ese dinero —dijo—. ¿No se puede hacer de algún modo más barato? ¡Por qué 16.000 francos es más de dos francos por cabeza de toda la población! ¡La gente no lo va a tolerar, y podría provocar una revuelta!»

Así que se convocó un Consejo para considerar qué se podía hacer; y se decidió enviar una consulta similar al Rey de Italia. El Gobierno francés es republicano, y no tiene el debido respeto por los reyes; pero el Rey de Italia era un monarca hermano, y se le podría persuadir para que hiciera la cosa más barata. Así que se escribió la carta, y se recibió una pronta respuesta.

El Gobierno italiano escribió que tendría el gusto de proporcionar tanto una máquina como a un experto; y el costo total ascendería a 12.000 francos, incluidos los gastos de viaje. Esto era más barato, pero aun así parecía demasiado. El bribón en realidad no valía ese dinero. Todavía significaría casi dos francos más por cabeza en los impuestos.

Se convocó a otro Consejo. Discutieron y sopesaron cómo podría hacerse con menos gasto. ¿No se podría conseguir tal vez que uno de los soldados lo hiciera de manera tosca y casera?

Llamaron al General y le preguntaron: —¿No puedes encontrarnos a un soldado que le corte la cabeza al hombre? En la guerra no les importa matar gente. De hecho, para eso es para lo que los entrenan.

Así que el General lo habló con los soldados para ver si alguno de ellos se hacía cargo del trabajo. Pero ninguno de los soldados quiso hacerlo. «No —dijeron—, no sabemos cómo hacerlo; no es algo que nos hayan enseñado».

¿Qué se iba a hacer? Una y otra vez los Ministros deliberaron y volvieron a deliberar. Convocaron una Comisión, y un Comité, y un Subcomité, y al fin decidieron que lo mejor sería cambiar la pena de muerte por una de prisión de vida. Esto le permitiría al Rey mostrar su clemencia, y saldría más barato.

El Rey accedió a esto, y así quedó arreglado el asunto. El único inconveniente ahora era que no había una prisión adecuada para un hombre condenado a cadena perpetua.

Había un calabozo pequeño donde a veces se retenía a la gente de forma temporal, pero no había ninguna prisión fuerte apta para un uso permanente. Sin embargo, se las arreglaron para encontrar un lugar que sirviera, metieron allí al joven y pusieron un guardia para que lo vigilara.

El guardia tenía que vigilar al criminal, y también ir a buscar su comida a la cocina de palacio.

El prisionero permaneció allí mes tras mes hasta que pasó un año.

Pero cuando hubo pasado un año, el Reyezuelo, al revisar un día las cuentas de sus ingresos y gastos, advirtió una nueva partida de gastos. Esta era para el mantenimiento del criminal; y tampoco se trataba de una partida pequeña. Había una guardia especial, y también estaba la comida del hombre. Ascendía a más de 600 francos al año.

Y lo peor de todo era que el sujeto aún era joven y sano, y podría vivir cincuenta años. Cuando uno se ponía a echar cuentas, el asunto era grave. Así no podía seguir. De modo que el Rey convocó a sus Ministros y les dijo:

—Deben encontrar un modo más barato de lidiar con este sinvergüenza. El plan actual es demasiado caro.

Y los ministros se reunieron, deliberaron y volvieron a deliberar, hasta que uno de ellos dijo: —Señores, en mi opinión debemos disolver la guardia.

—Pero entonces —replicó otro ministro—, el tipo se escapará.

—Bueno —dijo el primer orador—, ¡que se escape y que le den!

Así pues, informaron al reyuelo del resultado de sus deliberaciones, y este estuvo de acuerdo con ellos. Se despidió a la guardia y esperaron a ver qué sucedía. Todo lo que sucedió fue que, a la hora de comer, el criminal salió y, al no encontrar a su guardia, fue a la cocina del rey a buscar su propia comida. Cogió lo que le dieron, volvió a la prisión, se cerró la puerta por dentro y se quedó allí.

Al día siguiente ocurrió lo mismo. Fue a buscar su comida a la hora correspondiente; pero, en cuanto a escaparse, ¡no dio la menor muestra de ello! ¿Qué se podía hacer? Volvieron a examinar el asunto.

—Tendremos que decírselo sin rodeos —dijeron—, que no queremos quedárnoslo.

Así que el Ministro de Justicia hizo que lo trajeran a su presencia.

—¿Por qué no huye? —dijo el ministro—. No hay ningún guardia que lo detenga. Puede ir adonde quiera, y al rey no le importará.

—Me atrevo a decir que al Rey no le importaría —respondió el hombre—, pero no tengo a dónde ir. ¿Qué puedo hacer? Con su sentencia usted ha arruinado mi reputación, y la gente me dará la espalda. Además, me he desacostumbrado a trabajar. Me ha tratado mal. No es justo.

  • En primer lugar, una vez que me condenó a muerte debió haberme ejecutado; pero no lo hizo. Eso por un lado. No me quejé de eso.
  • Luego me condenó a cadena perpetua y puso a un guardia para que me trajera la comida; pero al cabo de un tiempo lo retiró de nuevo y tuve que ir a buscar mi propia comida. Tampoco esta vez me quejé.
  • ¡Pero ahora usted pretende en serio que me vaya! No puedo aceptar eso.

¡Haga lo que quiera, pero no me iré!

¿Qué se podía hacer? Una vez más se convocó al Consejo. ¿Qué camino podían adoptar? El hombre no se iría. Reflexionaron y sopesaron. La única manera de quitárselo de encima era ofrecerle una pensión.

Y así se lo informaron al Rey.

«No hay más remedio —dijeron—; tenemos que deshacernos de él como sea».

La suma fijada fue de 600 francos, y esto se le comunicó al prisionero.

—Bueno —dijo—, por mí no hay inconveniente, siempre y cuando te comprometas a pagarlo con regularidad. Bajo esa condición estoy dispuesto a ir.

Así quedó zanjado el asunto. Recibió un tercio de su pensión por adelantado y abandonó los dominios del Rey. Estaba a solo un cuarto de hora en tren; así que emigró y se instaló justo al otro lado de la frontera, donde compró un terrenito, empezó a cultivar productos hortícolas y ahora vive cómodamente.

Siempre acude a la hora oportuna a cobrar su pensión. Una vez cobrada, va a las salas de juego, apuesta dos o tres francos, a veces gana y a veces pierde, y luego regresa a casa. Vive en paz y holgadamente.

Es una suerte que no cometiera su crimen en un país donde no escatiman gastos para cortarle la cabeza a un hombre, o para mantenerlo en prisión de por vida.

401