Él era viejo, ellos eran jóvenes; él era flaco, ellos eran gordos; él estaba triste, ellos estaban felices. Así que era profundamente extraño, ajeno, una criatura absolutamente distinta; y les era imposible tener compasión de él.
Los caballos solo se compadecen de sí mismos, y rara vez de aquellos cuyos lugares ellos mismos pueden llegar a ocupar fácilmente. Pero, en verdad, ¿no era el propio caballo pío el culpable de ser viejo, demacrado y lisiado? …
Se habría podido pensar que él no tenía la culpa. Pero en la ética equina sí la tenía, y solo tenían razón los fuertes, los jóvenes y los felices; aquellos que tenían toda la vida por delante; aquellos cuyos músculos estaban tensos de energía superflua y curvaban la cola en forma de rueda.
Quizá el propio caballo pío comprendiera esto, y en los momentos de tranquilidad aceptaba que él tenía la culpa por haber vivido toda su vida, que debía pagar por su vida; pero al fin y al cabo era solo un caballo, y a menudo no podía evitar sentirse herido, melancólico e descontento, al mirar a todos estos caballos jóvenes que lo atormentaban precisamente por aquello a lo que ellos mismos estarían sujetos cuando llegaran al final de sus vidas.
La razón de la desalmada indiferencia de estos caballos era un sentimiento singularmente aristocrático. Todos y cada uno de ellos estaban emparentados, ya fuera por parte de padre o de madre, con el célebre Smetanka; pero no se sabía de qué casta procedía el caballo tordo. El caballo era un advenedizo casual, comprado en el mercado tres años atrás por ochenta rublos de papel.
La joven yegua alazana, como si vagara por casualidad, se acercó a las mismas narices del caballo pío y lo rozó. Él sabía de antemano lo que significaba y no abrió los ojos, pero echó las orejas hacia atrás y mostró los dientes.
La yegua dio media vuelta y fingió que iba a tirarle una coz. Él abrió los ojos y se alejó a otra parte. No tenía ganas de dormir y comenzó a pacer la hierba.
De nuevo la juguetona yegua joven, acompañada de sus cómplices, se acercó al caballo. Una potranca de dos años con una estrella en la frente, muy tonta, siempre haciendo travesuras y siempre dispuesta a imitar a la yegua alazana, trotó junto a ella y, como siempre hacen los imitadores, comenzó a jugar la misma mala pasada que había hecho la instigadora.
La yegua castaña marchaba al paso ordinario, como si estuviera ocupada en sus propios asuntos, y pasó rozando las narices del caballo sin mirarlo, de modo que este en verdad no sabía si enojarse o no; y en eso residía precisamente la gracia del asunto.
Esto era lo que ella hacía; pero la yegua lucera que iba tras sus pasos, sintiéndose muy alegre, golpeó al caballo en el pecho.
Éste volvió a mostrar los dientes, relinchó y, con una rapidez de movimientos inesperada de su parte, se abalanzó sobre la yegua y le mordió el flanco.
La joven yegua lucera tiró una coz con las patas traseras y golpeó con fuerza al viejo caballo en sus costillas delgadas y desnudas.
El viejo caballo emitió un ruido ronco y estuvo a punto de lanzarse de nuevo, pero lo pensó mejor y, dando un profundo suspiro, se alejó.
Debió de ser que todos los caballos jóvenes de la caballada consideraban como una afrenta personal la audacia que el caballo pinto se permitía mostrar hacia la yegua lucera; pues durante el resto del día no le dieron oportunidad de pacer, ni le dejaron un solo momento de paz, de modo que el tropero los reprende varias veces y no lograba comprender qué estaban haciendo.
El castrado estaba tan maltratado que él mismo se acercó a Nester cuando llegó la hora de que el viejo condujera de regreso a la manada, y mostró mayor felicidad y contento cuando Nester lo ensilló y lo montó.
Dios sabe cuáles serían los pensamientos del viejo jamelgo mientras llevaba sobre su lomo al viejo Nester. ¿Pensaría con amargura en estos jóvenes inoportunos y despiadados? ¿O, con un orgullo desdeñoso y silencioso propio de la vejez, perdonaría a sus perseguidores? Sea como fuere, no manifestó ninguno de sus pensamientos hasta que llegó a casa.
Aqu aquella tarde habían venido unos amigotes a ver a Nester; y al pasar con los caballos por delante de las chozas de los domésticos, vio un caballo y un telega parados en el umbral de su puerta.
Tras meter a los caballos, tenía tanta prisa que no le quitó la silla: dejó al caballo castrado en el patio, le gritó a Vaska que lo desensillara, cerró el portón y se apresuró a reunirse con sus amigos.
Tal vez debido a la afrenta inferida a la yegua lucera, descendiente de Smetanka, por aquella «basura baja» comprada por caballo, que no conocía padre ni madre y hería por tanto el sentimiento aristocrático de toda la comunidad; o tal vez porque el caballo bagual con la silla alta y sin jinete ofrecía un espectáculo extrañamente fantástico para los animales, el caso es que aquella noche ocurrió algo extraordinario en el prado.
Todos los caballos, jóvenes y viejos, mostrando los dientes, iban tras el bagual y lo acosaban de un extremo a otro del corral; el repiquetear de sus cascos resonaba a su alrededor mientras él suspiraba y encogia sus flacos ijares.
El castrado ya no pudo soportar aquello, ya no pudo esquivar sus coces. Se detuvo en medio del campo: su rostro expresaba la repugnante y débil ira de la vejez desvalida, y además la desesperación.
Pachó las orejas y, de repente, ocurrió algo que hizo que todos los caballos enmudecieran de golpe. Una yegua muy vieja, Viazopúrikha, se acercó, olfateó al castrado y suspiró. El castrado también suspiró.