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nydus/Short FictionPublic
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V

Hacia las siete de aquella tarde, polvorientos y cansados, entramos por la ancha puerta fortificada de la fortaleza de N⁠⸺. El sol ya se estaba poniendo y lanzaba sus oblicuos rayos rosados sobre las pintorescas y pequeñas baterías, y sobre los jardines con sus altos álamos que rodeaban la fortaleza, sobre los campos cultivados de brillo amarillento y sobre las nubes blancas que, amontonándose en torno a los picos nevados, habían formado, como intentando imitarlos, una cordillera no menos fantástica y hermosa.

En el horizonte apareció la luna nueva, delicada como una nubecilla. En el pueblo tártaro que yacía a las puertas de la fortaleza, desde el techo de una choza, un tártaro llamaba a los fieles a la oración; y nuestros cantores alzaron la voz con renovada energía y vigor.

Después de un descanso, y tras arreglarme un poco, fui a ver a un ayudante conocido mío para pedirle que le hiciese saber al general mi propósito.

De camino desde el suburbio donde me había alojado, noté en el fuerte N⁠⸺ algo que no esperaba en absoluto: un hermoso y pequeño carruaje cerrado que me alcanzó, en el que capté la vista de un sombrero a la moda, y del cual escuché al pasar unas palabras en francés. Los sonidos de una polka «Lizzie» o «Kitty», tocada en un mal piano desvencijado, me llegaron a través de las ventanas de la casa del comandante. En una pequeña tienda de comestibles y vinos por la que pasé, unos dependientes con cigarrillos entre los dedos estaban sentados bebiendo vino; y oí a uno de ellos decirle a otro: «No, discúlpeme, en cuanto a política, María Grigórievna es la primera entre nuestras damas».

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