(Variante del primer capítulo)
El litigio «sobre la usurpación en el gobierno de Penza, distrito de Krasnoslobodsk, por parte del terrateniente y ex teniente de la Guardia Iván Apýkhtin, de cuatro mil desiatinas de tierra pertenecientes a los campesinos de la Corona de la aldea vecina de Izlegóshcha», gracias a los desvelos del representante de los campesinos, Iván Mirónov, fue fallado en el tribunal de primera instancia —el Tribunal de Distrito— a favor de los campesinos, y la enorme parcela de tierra, en parte boscosa y en parte de arado, que había sido roturada por los siervos de Apýkhtin, volvió en el año de 1815 a la posesión de los campesinos, quienes en el año de 1816 sembraron en esa tierra y cosecharon.
El ganar este pleito irregular por parte de los campesinos sorprendió a todos los vecinos y aun a los mismos campesinos. Este éxito suyo solo podía explicarse bajo la suposición de que Iván Petróvich Apýkhtin, un hombre muy manso, pacífico, contrario a los litigios y convencido de la justicia de este asunto, no había tomado medida alguna en contra de la demanda de los campesinos.
Por otra parte, Iván Mirónov, el representante de los campesinos, un campesino seco, de nariz aguileña y letrado, que había sido alcalde de aldea y había ejercido como recaudador de impuestos, había reunido cincuenta kopecks de cada campesino, dinero que empleó hábilmente en la distribución de regalos, y había llevado todo el asunto con muchísima astucia.
Inmediatamente después del fallo emitido por el Tribunal de Distrito, Apýkhtin, al ver el peligro, otorgó un poder al astuto siervo manumitido, Iliá Mitrofánov, quien apeló ante el tribunal superior contra la decisión del Tribunal de Distrito.
Iliá Mitrofánov manejó el asunto con tanta astucia que, a pesar de toda la malicia del representante de los campesinos, Iván Mirónov, a pesar de los considerables regalos distribuidos por este a los miembros del tribunal superior, el caso fue juzgado nuevamente en el Tribunal de la Gobernación a favor del propietario, y la tierra debía ser devuelta a este por los campesinos, de lo cual su representante fue debidamente informado.
El representante, Iván Mirónov, dijo a los campesinos en la reunión de la Comuna que el señor de la capital del Gobierno había tomado el pelo al propietario y había «enredado» todo el asunto, de modo que querían volver a quitarles la tierra, pero que el propietario no saldría con la suya, porque tenía una petición redactada para ser enviada al Senado, y que entonces la tierra quedaría confirmada para siempre en manos de los campesinos; lo único que tenían que hacer era recaudar un rublo por cada alma.
Los campesinos decidieron recaudar el dinero y confiar de nuevo todo el asunto a Iván Mirónov. Cuando Mirónov tuvo todo el dinero en sus manos, se fue a San Petersburgo.
Cuando, en el año de 1817, durante la Semana Santa —que aquel año cayó tarde—, llegó el momento de arar la tierra, los campesinos de Izlegóshcha comenzaron a debatir en una reunión si debían arar o no durante ese año el terreno en litigio; y, aunque el escribiente de Apýkhtin había ido a verlos durante la Cuaresma con la orden de que no arasen la tierra y de que llegaran a un acuerdo con él respecto al centeno ya sembrado en lo que había sido la tierra dudosa, y ahora era de Apýkhtin, los campesinos, por la misma razón de que el cultivo de invierno se había sembrado en el terreno disputado, y porque Apýkhtin, en su deseo de evitar ser injusto con ellos, quería mediar el asunto con ellos, decidieron arar el terreno en litigio y tomar posesión de él antes de tocar cualquier otro campo.
El mismo día en que los campesinos salieron a arar, que era Jueves Santo, Iván Petróvich Apýkhtin, que se había estado preparando para la comunión durante la Semana de Pasión, comulgó y temprano por la mañana se dirigió en coche a la iglesia del pueblo de Izlegóshcha, del cual era feligrés, y allí, sin saber nada del asunto, charló amistosamente con el diácono de la iglesia.
Iván Petróvich se había confesado la noche anterior y había asistido a las vigilias en su casa; por la mañana él mismo había leído las Reglas, y a las ocho había salido de la casa. Lo esperaban para la misa. Mientras estaba de pie junto al altar, donde solía estar, Iván Petróvich reflexionaba más que rezaba, lo cual lo descontentaba consigo mismo.
Como muchas personas de su tiempo y, en lo que a eso respecta, de todos los tiempos, no tenía las ideas muy claras en asuntos de religión.
Había pasado de los cincuenta años; jamás omitía la ejecución de ningún rito, asistía a la iglesia y comulgaba una vez al año; al hablar con su única hija, la instruía en los artículos de fe; pero, si le hubiesen preguntado si creía de verdad, no habría sabido qué responder.
En ese día más que en ningún otro, se sintió manso de espíritu y, de pie ante el altar, en lugar de rezar, pensó en qué extrañamente estaba construido todo en el mundo: allí estaba él, casi un viejo, comulgando quizás por cuadragésima vez en su vida, y sabía que todos, los de su casa y toda la gente de la iglesia, lo miraban como a un dechado y lo tomaban por ejemplo, y él se sentía obligado a obrar como ejemplo en cuestiones de religión, mientras que él mismo no sabía nada y pronto, muy pronto, moriría, y aun si lo matasen no sabría decir si aquello en lo que estaba dando ejemplo a los demás era verdad. Y también le parecía extraño cómo todos consideraban —por lo que él veía— que los viejos eran firmes y sabían lo que era necesario y lo que no (así pensaba él siempre de los viejos), y allí estaba él, viejo y sin saberlo a ciencia cierta, y era tan frívulo como lo había sido veinte años atrás; la única diferencia era que antes no lo ocultaba, mientras que ahora sí. Tal como en su infancia se le había ocurrido durante el oficio que podía cantar como un gallo, así también ahora todo tipo de cosas necias le pasaban por la cabeza, y él, el viejo, inclinaba reverente la cabeza, tocando las losas de la iglesia con los viejos nudillos de sus manos, y el padre Vasíli se mostraba evidentemente tímido al celebrar la misa en su presencia, e incitado al celo por el celo de él.
“¡Si tan solo supieran qué tonterías pasan por mi cabeza! Pero eso es un pecado, un pecado; debo rezar”, se dijo a sí mismo, cuando comenzó el servicio religioso, y, tratando de captar el significado de las respuestas, comenzó a rezar. En efecto, pronto se trasladó en espíritu a la oración y pensó en sus pecados y en todo aquello de lo que se arrepentía.
Un anciano de aspecto respetuoso, calvo, de espeso cabello gris, vestido con un abrigo de pieles que tenía un parche blanco nuevo en la mitad de la espalda, avanzando con paso rítmico en sus alpargatas de corteza de abedul con las puntas hacia afuera, se acercó al altar, hizo una profunda reverencia ante este, sacudió el cabello y pasó detrás del altar para colocar unas velas. Era el anciano de la iglesia, Iván Fedótov, uno de los mejores campesinos de la aldea de Izlegóshcha. Iván Petróvich lo conocía. La visión de este rostro severo y firme llevó a Iván Petróvich a un nuevo curso de pensamientos. Él era uno de aquellos campesinos que querían quitarle la tierra, y uno de los mejores y más ricos labradores casados, que necesitaba la tierra, que sabía administrarla y tenía los medios para trabajarla. Su aspecto severo, su reverencia ceremoniosa y su andar medido, así como la pulcritud de sus prendas —las vendas le ajustaban a las piernas como medias y los cordones se cruzaban simétricamente en ambas pantorrillas—, toda su apariencia parecía expresar reproche y enemistad por lo de la tierra.
—He pedido perdón a mi esposa, a Mánya” (su hija), “a la enfermera, a mi ayuda de cámara, Volódya, pero es su perdón el que debo pedir, y debo perdonarlo a él”, pensó Iván Petróvich, y decidió que después de los maitines le pediría a Iván Fedótov que lo perdonara.
Y así lo hizo.
Había muy poca gente en la iglesia. La gente del campo tenía la costumbre de comulgar en la primera y en la cuarta semana. Ahora solo había presentes cuarenta hombres y mujeres, que no habían tenido tiempo de comulgar antes, unas pocas ancianas campesinas, los servidores de la iglesia y la gente de la mansión de los Apýkhtin y de sus ricos vecinos, los Chernýshev.
Estaba también allí una anciana, pariente de los Chernýshev, que vivía con ellos, y la viuda de un diácono, cuyo hijo los Chernýshev, en la bondad de sus corazones, habían educado y convertido en un hombre de provecho, y que ahora servía como funcionario en el Senado.
Entre los maitines y la misa quedó todavía menos gente en la iglesia. Quedaron dos mendigas, que estaban sentadas en el rincón conversando entre sí y mirando a Iván Petróvich con el evidente deseo de felicitarlo y hablar con él, y dos lacayos: uno propio, con librea, y el otro de Chernýshev, que había venido con la anciana. Estos dos también se cuchicheaban de manera animada, justo cuando Iván Petróvich salía del presbiterio; al verlo, enmudecieron.
Había asimismo una mujer con un tocado alto con un adorno de perlas en el rostro y con un abrigo de piel blanca, con el que cubría a un niño enfermo que lloraba y al que intentaba calmar; y otra, una anciana encorvada, también con tocado, pero con un adorno de lana en el rostro y un pañuelo blanco anudado al estilo de las ancianas, y con un abrigo gris fruncido con un diseño de lirios en la espalda, que, arrodillada en medio de la iglesia y volviéndose hacia una vieja imagen entre dos ventanas enrejadas de las cuales pendía un pañuelo nuevo con los bordes rojos, rezaba con tanta fervor, solemnidad y pasión que era imposible dejar de prestarle atención.
Antes de llegar junto al anciano, que, de pie ante la pequeña caja fuerte, estaba amasando los restos de unas velas para unificarlos en un solo trozo de cera, Iván Petróvich se detuvo a contemplar a la mujer que rezaba. La anciana rezaba bien. Se arrodillaba tan recta como era posible hacerlo ante la imagen; todos los miembros de su cuerpo guardaban una simetría matemática; sus pies, por la parte trasera, presionaban con las puntas de sus zapatos de corteza de abedul en el mismo ángulo contra el suelo de piedra; su cuerpo estaba inclinado hacia atrás, hasta donde se lo permitían sus hombros encorvados; sus manos se encontraban colocadas de manera muy regular bajo su abdomen; su cabeza estaba echada hacia atrás y su rostro, con una expresión de tímida compasión, arrugado y con una mirada apagada, se dirigía directamente hacia la imagen con el velo. Tras permanecer en una posición inmóvil durante un minuto o menos —evidentemente un espacio de tiempo determinado—, suspiró profundamente y, apartando la mano derecha, la blandió por encima de su tocado, se tocó la coronilla con los dedos juntos y trazó amplias cruces llevando de nuevo la mano hacia su abdomen y hacia sus hombros; luego se balanceó hacia atrás y dejó caer la cabeza sobre sus manos, que descansaban ordenadamente en el suelo, para acto seguido volverse a levantar y repetir todo lo mismo.
—Ahora está rezando —pensó Iván Petróvich, mirándola—. Lo hace de manera distinta a nosotros los pecadores: esto es fe, aunque sé que reza a su propia estampa, o a su pañuelo, o al adorno de la estampa, como todos los demás.
Muy bien. ¿Y qué? —se dijo a sí mismo—, cada persona tiene su propia fe: ella reza a su estampa, y yo considero necesario pedirle perdón al campesino.
Y se acercó al anciano, escrutando instintivamente la iglesia para ver quién iba a presenciar su acción, lo cual al mismo tiempo le halagaba y le avergonzaba. Le desagradaba que las viejas mendigas lo vieran, y más desagradable aún le resultaba que Míshka, su lacayo, lo viera. En presencia de Míshka —bien sabía cuán despierto y astuto era— sentía que no tendría la fuerza necesaria para acercarse a Iván Fedótov. Le hizo una seña a Míshka para que se acercara.
“¿Qué es lo que deseas?”
«Ve, querida, y tráeme la alfombra del carruaje, pues aquí está demasiado húmedo para mis pies».
—Sí, señor.
Cuando Míshka se marchó, Iván Petróvich se acercó de inmediato a Iván Fedótov.
Iván Fedótov se sintió desconcertado, como alguien culpable, ante la aproximación del caballero. La timidez y los movimientos apresurados formaban una extraña contradicción con su rostro austero y su cabello y barba rizados, de color gris acero.
—¿Desea una vela de diez céntimos? —dijo, levantando el escritorio y clavando de vez en cuando sus grandes y hermosos ojos en el amo.
—No, no quiero una vela, Iván. Te pido que me perdones por el amor de Dios, si en algo te he ofendido. Perdóname, por el amor de Dios —repitió Iván Petróvich, haciendo una profunda reverencia.
Iván Fedótov perdió completamente la compostura y comenzó a moverse inquieto, pero cuando lo comprendió todo, esbozó una sonrisa apacible:
“Dios perdona”, dijo. “Me parece que no he recibido ninguna ofensa de su parte. Dios le perdonará; yo no me siento ofendido por usted”, se apresuró a repetir.
“Aun así—”
—Dios le perdonará a usted, Iván Petróvich. ¿Conque quiere dos velas de a diez kopeks?
“Sí, dos.”
—Es un ángel, de verdad, un ángel. Le ruega incluso a un vil campesino que lo perdone. ¡Oh, Señor, ángeles de verdad! —murmuraba la viuda del diácono, con un viejo capote negro y un pañuelo negro en la cabeza—. De verdad, deberíamos comprender eso.
—¡Ajá, Paramónovna! —se volvió hacia ella Iván Pávlovich—.* ¿También te estás preparando para la comunión? Tú también debes perdonarme, por el amor de Dios.
“¡Dios le perdonará a usted, señor, ángel, benhechor misericordioso! ¡Déjeme besarle la mano!”
—Basta, basta, ya sabes que no me gusta eso —dijo Iván Petróvich, sonriendo y alejándose del altar.
La misa, como siempre, no tardó en celebrarse en la parroquia de Izlegóshcha, tanto más cuanto que eran pocos los comulgantes.
Justo cuando, después del Padrenuestro, se cerraron las puertas reales, Iván Petróvich miró a través de la puerta norte para llamar a Míshka a fin de que le quitara el abrigo de pieles.
Cuando el sacerdote vio ese gesto, llamó con enojo al diácono, y este casi salió corriendo para llamar al lacayo.
Iván Petróvich estaba de muy buen humor, pero esa servilidad y esa expresión de respeto por parte del sacerdote que celebraba la misa volvieron a amargarle por completo; sus labios delgados, curvados y afeitados se arquearon aún más y sus ojos bondadosos se iluminaron con sarcasmo.
—Se comporta como si yo fuera su general —pensó, y enseguida recordó las palabras del tutor alemán, a quien una vez había llevado al altar para asistir a un servicio divino ruso, y que lo había hecho reír y había enfadado a su mujer cuando dijo: «Der Pop war ganz böse, dass ich ihm Alles nachgesehen hatte.»
También recordó la respuesta del joven turco de que no había Dios, porque se había comido el último trozo de él.
—Y aquí estoy yo yendo a comulgar —pensó y, frunciendo el ceño, hizo una profunda reverencia.
Se quitó el abrigo de piel de oso y, con su casaca azul de botones brillantes, su alto pañuelo blanco para el cuello, su chaleco, sus pantalones ajustados y sus botas sin tacón y de punta fina, se dirigió con paso suave, modesto y ligero a hacer sus reverencias ante las grandes imágenes.
Aquí volvió a encontrar la misma sumisión por parte de los otros comulgantes, que le cedieron sus lugares.
—Actúan como si dijeran: « Après vous, s’il en reste », pensó, haciendo torpes reverencias de lado; esta torpeza se debía a que intentaba encontrar ese justo medio en el que no hubiera ni falta de respeto ni hipocresía.
Finalmente se abrieron las puertas. Rezó la oración después del sacerdote, repitiendo las palabras: «Como a un ladrón»; su pañuelo de cuello quedó cubierto por el paño del cáliz, comulgó y tomó el agua templada en el copón antiguo, tras haber depositado nuevas monedas de plata de veinte kopeks en platos antiguos; después de escuchar las últimas oraciones, besó la cruz y, poniéndose el abrigo de pieles, salió de la iglesia, recibiendo felicitaciones y experimentando la agradable sensación de haber terminado con todo.
Al salir de la iglesia, volvió a encontrarse con Iván Fedótov.
—¡Gracias, gracias! —respondió a sus felicitaciones—. Bueno, ¿van a arar pronto?
—Los muchachos han salido, los muchachos han salido —respondió Iván Fedótov, aún más tímidamente que antes. Suponía que Iván Petróvich sabía a dónde habían salido a arar los campesinos de Izlegóshcha—. Aunque está húmedo. Húmedo está. Aún es temprano, temprano es.
Iván Petróvich se acercó al monumento de sus padres, hizo una reverencia y regresó para que lo ayudaran a subir a su carro de seis caballos con jinete delantero.
«Bueno, gracias a Dios», se dijo a sí mismo, balanceándose sobre los suaves y redondos muelles y mirando el cielo primaveral con nubes dispersas, la tierra descubierta y las manchas blancas de nieve sin derretir, y la cola bien trenzada de un caballo deラン (lateral), e inhalando el fresco aire de la primavera, que era particularmente agradable después del aire de la iglesia.
«Bendito sea Dios que he tomado la comunión, y bendito sea Dios que ahora puedo tomarme un pellizco de tabaco».
Y sacó su tabaquera y durante mucho tiempo mantuvo el pellizco entre los dedos, sonriendo y, sin soltar el pellizco de la mano, levantando la gorra en respuesta a las profundas reverencias de la gente en el camino, especialmente de las mujeres, que lavaban las mesas y las sillas delante de sus casas, justo cuando el carruaje, al trote rápido de los grandes caballos de la seises, salpicaba y repiqueteaba a través del lodo de la calle del pueblo de Izlegóshcha.
Iván Petróvich sostenía la pizca de rapé, anticipando el placer de tomarlo, no solo pasando por todo el pueblo, sino incluso hasta salir de un mal paso al pie de una colina, hacia la cual el cochero descendía no sin ansiedad: sujetó las riendas, se sentó con más firmeza y le gritó al arriero que pasara sobre el hielo.
Cuando rodearon el puente, sobre el lecho del río, y salieron a tropezones del hielo que se rompía y del lodo, Iván Petróvich, mirando a dos avefrías que se levantaban del hondonada, tomó el rapé y, sintiendo frío, se puso el guante, se arrebujó en su abrigo de pieles, hundió la barbilla en el cuello alto y se dijo a sí mismo, casi en voz alta: «¡Glorioso!», lo cual tenía la costumbre de decirse secretamente a sí mismo cada vez que se sentía bien.
Por la noche había nevado, y cuando Iván Petróvich había ido a la iglesia en coche la nieve aún no había desaparecido, pero estaba blanda; ahora, aunque no había sol, se había derretido por la humedad, y en la carretera, por la que tenía que viajar tres verstas antes de desviarse hacia Chirakóvo, la nieve solo era blanca sobre la hierba del año pasado, que crecía en líneas paralelas a lo largo de las rodadas; pero en el camino negro los caballos chapoteaban en el barro viscoso.
Los buenos, bien alimentados y corpulentos caballos de su propia ganadería no tenían dificultad para tirar del carruaje, que rodaba suavemente sobre la hierba, donde dejaba marcas negras, y sobre el fango, sin detenerse en absoluto. Iván Petróvich se entregaba a agradables cavilaciones; pensaba en su hogar, en su esposa y en su hija.
“Mánya me saldrá al encuentro en el porche, y con alegría. ¡Verá tanta santidad en mí! Es una muchacha extraña y dulce, pero se toma todo demasiado a pecho. El papel de importancia y de enterado de todo lo que pasa en este mundo, que debo representar ante ella, se está volviendo demasiado serio y ridículo. ¡Si supiera que le temo!”, pensó.
«Bueno, Káto» (su esposa), «sin duda estará de buen humor hoy, se propondrá estar de buen humor, y pasaremos un buen día. No será como la semana pasada por lo de las mujeres Próshkin. ¡Qué criatura tan notable! ¡Cómo le temo! ¿Qué se le va a hacer? A ella misma no le gusta».
Y recordó una famosa anécdota sobre un ternero. Un terrateniente, habiéndose peleado con su esposa, estaba sentado a una ventana cuando vio un ternero juguetón: “¡Me gustaría casarte!”, dijo. Y Iván Petróvich volvió a sonreír, según su costumbre de resolver cada dificultad y cada perplejidad con una broma, la cual por lo general iba dirigida contra sí mismo.
A la tercera verstas, cerca de una capilla, el postillón torció a la izquierda, hacia un cruce, y el cochero le gritó por haber girado tan bruscamente que los caballos del centro fueron golpeados por la vara; y el carruaje casi se deslizó cuesta abajo todo el trayecto.
Antes de llegar a la casa, el postillón miró al cochero y señaló algo hacia atrás; el cochero miró al lacayo y le indicó algo.
Y todos miraron en la misma dirección.
—¿Qué miras? —preguntó Iván Petróvich.
—Gansos —dijo Míshka.
“¿Dónde?”
Aunque esforzó la vista, no pudo verlos.
“Ahí están. Ahí está el bosque, y ahí está la nube, así que tengan a bien mirar entre ambos”.
Iván Petróvich no podía ver nada.
“Ya es hora de ellos. Vaya, falta menos de una semana para la Anunciación”.
“Así es.”
“¡Bueno, anda!”
Cerca de un charco, Míshka saltó del estribo y probó el camino, volvió a subir, y el carruaje avanzó con seguridad por la presa del estanque en el jardín, ascendió por la avenida, pasó junto a la bodega y la lavandería, de la que caía agua, y con agilidad rodó y se detuvo en el porche.
El carruaje de los Chernýshev acababa de salir del patio. De la casa salieron corriendo de inmediato los sirvientes: el sombrío anciano Danílych con patillas, Nikoláy, el hermano de Míshka, y el muchacho Pavlúshka; y tras ellos apareció una muchacha de grandes ojos negros y brazos rojos, que estaban descubiertos por encima del codo, y con el cuello igualmente descubierto.
—¡Márya Ivánovna, Márya Ivánovna! ¿Adónde vas? Tu madre se va a preocupar. Tendrás tiempo —se oyó la voz de la gorda Katerína a sus espaldas.
Pero la muchacha no le prestó atención; tal como su padre había esperado que hiciera, lo agarró del brazo y lo miró con una extraña mirada.
—¿Y bien, papá, has comido la hostia? —preguntó, como con temor.
“Sí. Tienes cara de tener miedo de que sea un pecador tal que no pueda recibir la comunión”.
La muchacha se sintió al parecer ofendida por la broma de su padre en un momento tan solemne. Soltó un suspiro y, siguiendo sus pasos, le tomó la mano y la besó.
“¿Quién está aquí?”
“El joven Chernýshev. Está en el salón”.
“¿Se ha levantado mamá? ¿Cómo está?”
“Mamá se siente mejor hoy. Está sentada abajo”.
En la antesala, Iván Petróvich fue recibido por la niñera Evprakséya, el contable Andréy Ivánovich y un agrimensor que vivía en la casa para deslindar unas tierras. Todos felicitaron a Iván Petróvich.
En el salón estaban sentadas Luíza Kárlovna Trugóni, amiga de la casa desde hacía diez años y institutriz emigrada, y un joven de dieciséis años, Chernýshev, con su tutor francés.