Mientras tanto, el mozo de cordel Vasili marchaba por la carretera abierta hacia el sur.
Caminaba de día, y cuando llegaba la noche algún policía le conseguía refugio en la choza de un campesino. En todas partes le daban pan, y a veces le invitaban a sentarse a la cena.
En un pueblo del distrito de Oriol, donde se había hospedado por la noche, oyó decir que un comerciante que había alquilado el huerto del terrateniente por esa temporada, andaba buscando hombres fuertes y capaces para servir de serenos de los frutales.
Vasili estaba cansado de andar vagando, y como tampoco tenía la menor gana de volver a su pueblo natal, fue a ver al dueño del huerto y se contrató como sereno por cinco rublos al mes.
A Vasili le parecía muy agradable vivir en su cobertizo del huerto, y más aún cuando las manzanas y las peras empezaban a madurar, y cuando los hombres del granero le suministraban todos los días grandes haces de paja fresca procedente de la trilladora.
Se pasaba el día entero tumbado sobre la paja fragante, con montones de manzanas frescas y de delicado aroma a su lado, mirando hacia todas partes para evitar que los muchachos del pueblo le robaran la fruta; y entretanto silbaba y cantaba para entretenerse. Se sabía infinidad de canciones y tenía buena voz.
Cuando las campesinas y las muchachas jóvenes venían a pedir manzanas y a charlar con él, Vasili les daba manzanas más grandes o más pequeñas según le parecía su aspecto, y a cambio recibía huevos o dinero. El resto del tiempo no tenía otra cosa que hacer que tumbarse boca arriba y levantarse para sus comidas en la cocina.
Solo le quedaba una camisa, una de algodón rosa, y estaba llena de agujeros. Pero era de constitución fuerte y gozaba de una salud excelente. Cuando la olla con gachas negras era retirada del fogón y servida a los jornaleros, Vasili solía comer por tres, y llenaba de asombro incesante al viejo vigilante de la finca.
Por las noches, Vasili nunca dormía. Silbaba o gritaba de vez en cuando para alejar a los ladrones, y sus ojos penetrantes y felinos veían con claridad en la oscuridad.
Una noche, una compañía de muchachos del pueblo se abrió paso furtivamente hasta el huerto para sacudir los árboles y hacer caer las manzanas. Vasili, acercándose sin hacer ruido por detrás, los atacó; intentaron escapar, pero él apresó a uno de ellos y lo llevó ante su amo.
El primer cobertizo de Vasili estaba en el extremo más alejado del huerto, pero después de cosechar las peras tuvo que trasladarse a otro cobertizo a solo cuarenta pasos de la casa de su amo. Le gustaba mucho este nuevo lugar. Durante todo el día podía ver a los jóvenes señores divirtiéndose; saliendo a pasear en coche por las tardes y muy entrada la noche, tocando el piano o el violín, cantando y bailando. Veía a las señoras sentadas con los jóvenes estudiantes en los alféizares de las ventanas, en animada conversación, y luego yendo en parejas a pasear por la oscura avenida de tilos, iluminada tan solo por los destellos de la luz de la luna. Veía a los sirvientes correr de un lado a otro con comida y bebida, veía a los cocineros, a los administradores, a las lavanderas, a los jardineros, a los cocheros, trabajando duro para abastecer a sus amos con comida, bebida y entretenimiento constante. A veces, los jóvenes de la casa del amo se acercaban al cobertizo, y Vasili les ofrecía las manzanas más selectas, jugosas y rojas. Las jóvenes solían dar grandes bocado a las manzanas allí mismo, alabando su sabor, y se hablaban en francés entre ellas—Vasili entendía perfectamente que era todo sobre él— y le pedían a Vasili que les cantara.
Vasili sentía la mayor admiración por el modo de vida de su amo, que le recordaba a lo que había visto en Moscú; y estaba cada vez más convencido de que lo único que importaba en la vida era el dinero.
Pensó y pensó en cómo hacerse con una gran suma de dinero. Recordó sus antiguos métodos para obtener pequeños beneficios siempre que podía, y llegó a la conclusión de que aquello era completamente erróneo.
Robar de vez en vez no sirve de nada, pensó. Tenía que organizar un plan bien preparado y, tras recabar toda la información que necesitaba, llevar a cabo su propósito de modo que pudiera evitar ser descubierto.
Tras la festividad de la Natividad de la Santísima Virgen María, se cosechó la última tanda de manzanas otoñales; el amo quedó contento con los resultados, le pagó a Vasili y le dio una suma extra como recompensa por su fiel servicio.
Vasili se puso su chaqueta nueva y un sombrero nuevo —ambos eran regalos del hijo de su amo—, pero no emprendió el camino a casa. Odiaba la idea misma de la vulgar vida campesina. Regresó a Moscú en compañía de unos soldados borrachos, que habían sido guardianes en el huerto junto con él. A su llegada allí, resolvió de inmediato, al amparo de la noche, robar en la tienda donde había estado empleado, y donde el dueño lo había golpeado y luego echado sin pagarle. Conocía bien el lugar y sabía dónde estaba guardado el dinero. Así pues, indicó a los soldados que lo ayudaron que vigilaran afuera y, forzando la puerta del patio, entró en la tienda y se llevó todo el dinero que pudo alcanzar. Todo esto se hizo con mucha astucia, y no quedó rastro del robo. El dinero que Vasili había encontrado en la tienda ascendía a 370 rublos. Dio cien rublos a sus cómplices y con el resto partió hacia otra ciudad, donde se entregó al libertinaje en compañía de amigos de ambos sexos. La policía le siguió los pasos y, cuando por fin fue arrestado y encarcelado, apenas le quedaba algo del dinero que había robado.