vez que no había nada valeroso en ello, se consideraba obligado a causar sufrimiento a unas personas de las que fingía estar desilusionado, y a las que elegía odiar y despreciar.
Llevaba siempre dos cosas: una gran imagen colgada del cuello y un puñal que se ponía sobre la camisa aun cuando estaba en la cama.
Creía sinceramente que tenía enemigos. Convencerse de que debía vengarse de alguien y lavar alguna afrenta con sangre era su mayor deleite. Estaba convencido de que el odio, la venganza y el desprecio por el género humano eran los más nobles y poéticos de los sentimientos.
Pero su querida (una circasiana, por supuesto), a quien tuve ocasión de conocer más tarde, solía decir que era el más bondadoso y apacible de los hombres, y que todas las noches escribía sus sombríos pensamientos en su diario, además de sus cuentas en papel cuadriculado, y rezaba a Dios de rodillas. ¡Y cuánto