«¡Dios mío! ¡Dios mío!», exclamó Nekhliúdov para sus adentros, mientras apresuraba el paso hacia su casa por las umbrías alamedas de su jardín cubierto de maleza, y, distraído, arrancaba las hojas y ramas que salían a su paso.
“¿Es posible que mis sueños sobre los fines y los deberes de mi vida sean pura tontería ociosa? ¿Por qué me resulta difícil y triste, como si estuviera insatisfecho conmigo mismo por haber imaginado que, habiendo emprendido una vez este camino, experimentaría constantemente la plenitud del sentimiento moralmente placentero que tuve cuando, por primera vez, acudieron a mí estos pensamientos?”.
Y con extraordinaria viveza y nitidez vio en su imaginación aquel momento feliz que había vivido un año antes.
Se había levantado muy temprano, antes que nadie en la casa, y sintiendo dolorosamente aquellos impulsos secretos e indescriptibles de la juventud, había salido sin rumbo al jardín, y de allí al bosque; y, en medio de la naturaleza enérgica pero tranquila que latía con la nueva vida del mes de mayo, había deambulado largo rato a solas, sin pensar, sufriendo por la exuberancia de algún sentimiento y sin encontrar ninguna expresión para él.
Entonces, con todo el atractivo de lo desconocido, su imaginación juvenil evocó ante él la forma voluptuosa de una mujer; y le pareció que aquel era el objeto de su anhelo indescriptible. Pero otro sentimiento más profundo decía: No es eso, y lo impulsaba a buscar y a inquietarse de espíritu.
Sin pensamiento ni deseo, como siempre sucede después de una actividad intensa, yacía de espaldas bajo un árbol, contemplando las nubes matutinas y diaphanas que flotaban sobre él a través del cielo profundo e infinito.
De repente, sin motivo alguno, le brotaron las lágrimas de los ojos, y Dios sabe de qué manera le vino el pensamiento con absoluta claridad, llenando toda su alma y dándole un deleite intenso: el pensamiento de que el amor y la rectitud son lo mismo que la verdad y el goce, y de que solo hay una verdad, y solo una felicidad posible, en el mundo.
El sentimiento más profundo esta vez no dijo: No eso. Se incorporó y comenzó a comprobar este pensamiento.
—Eso es, eso es —se dijo a sí mismo, en una especie de éxtasis, midiendo todas sus convicciones anteriores, todos los fenómenos de su vida, con la verdad que acababa de serle revelada y que, según le parecía, era absolutamente nueva.
«¡Qué estupidez! Todo lo que sabía, todo en lo que creía, todo lo que amaba», se había dicho. «El amor es abnegación; esta es la única felicidad verdadera e independiente del azar», se había dicho una y otra vez, sonriendo y agitando las manos.
Aplicando este pensamiento por doquier a la vida, y encontrando en él confirmación tanto de la vida como de aquella voz interior que le decía que aquello era lo verdadero, había experimentado una nueva sensación de grata agitación y entusiasmo.
«Y por lo tanto debo obrar el bien si he de ser feliz», pensó; y todo su futuro se presentó vívidamente ante él, no como una abstracción, sino en imágenes bajo la forma de la vida de un terrateniente.
Vio ante sí un enorme campo, contermino con toda su vida, que iba a consagrar al bien y en el que realmente encontraría la felicidad. No tenía necesidad de buscar un ámbito de actividad; estaba todo listo. Tenía una obligación rotunda: tenía a sus siervos. …
¡Y qué labor tan cómoda y benéfica se extendía ante él! «Trabajar para esta clase de gente sencilla, impresionable, incorruptible; sacarla de la pobreza; procurarle alegría; darle una educación que, por fortuna, aprovecharé para corregir sus defectos, que surgen de la ignorancia y la superstición; desarrollar su moral; inducirla a amar lo correcto... ¡Qué porvenir tan brillante y feliz! Y además de todo esto, yo, que voy a hacer esto para mi propia felicidad, me deleitaré con su agradecimiento, veré cómo cada vez me acerco más y más a mi fin predestinado. ¡Un futuro maravilloso! ¿Por qué no lo habría visto antes?
“Y además —así había pensado al mismo tiempo—, ¿quién me impide ser feliz en el amor a una mujer, en el goce de la familia?”
Y su juvenil imaginación le pintaba un porvenir aún más fascinante.
“Yo y mi mujer, a quien amaré como jamás nadie en el mundo ha amado a una mujer, viviremos siempre en medio de esta naturaleza reposada, poética y rural, con nuestros hijos tal vez, y con mi vieja tía. Tenemos nuestro amor mutuo, nuestro amor por nuestros hijos; y ambos sabremos que nuestro objetivo es el correcto. Nos ayudaremos mutuamente a la hora de avanzar hacia esta meta. Yo tomaré las disposiciones generales; prestaré ayuda general cuando sea correcto; llevaré la granja, la caja de ahorros, el taller. Y ella, con su querida cabecita, y ataviada con un sencillo vestido blanco que se levanta por encima de su delicado tobillo al caminar por el barro, irá a la escuela de los campesinos, al hospital, a ver a algún campesino desdichado que en verdad no merece ayuda, y por doquier llevará consuelo y socorro. … Niños, ancianos, mujeres, la esperarán y la mirarán como a un ángel, como a la Providencia. Entonces regresará y me ocultará el hecho de haber ido a ver al campesino desdichado y de haberle dado dinero; pero yo lo sabré todo, y le daré un fuerte abrazo, y lloveré besos densos y apresurados sobre sus ojos encantadores, sus mejillas modestamente sonrojadas y sus labios sonrientes y rosados”.