Eugène pasaba la mayor parte del tiempo junto al lecho de su esposa, hablándole, leyéndole y, lo que era más difícil de todo, soportando sin murmurar las acometidas de Varvára Alexéevna, e ingeniándose incluso para tomarlas a broma.
Pero no podía quedarse todo el tiempo en casa.
- En primer lugar, su mujer lo echaba, diciéndole que enfermaría si se quedaba siempre con ella;
- y en segundo lugar, la explotación agrícola avanzaba de un modo que exigía su presencia a cada paso.
No podía quedarse en casa, sino que tenía que estar en los campos, en el bosque, en el huerto, en la era; y en todas partes lo perseguía no solo el pensamiento, sino la imagen vívida de Stepanída, y solo de vez en cuando la olvidaba.
Pero eso no habría tenido importancia, tal vez habría podido dominar su sentimiento; lo peor de todo era que, mientras que antes había vivido meses enteros sin verla, ahora se la encontraba continuamente.
Ella comprendía evidentemente que él deseaba reanudar las relaciones con ella y procuraba cruzarse en su camino.
No decían nada ni él ni ella, y por eso ni él ni ella iban directamente a una cita, sino que solo buscaban la ocasión de encontrarse.
El lugar más probable para que se encontraran era el bosque, adonde las campesinas iban con sacos a recoger hierba para sus vacas. Eugène lo sabía y por eso iba allí todos los días. Todos los días se decía que no iría, y todos los días terminaba dirigiéndose al bosque y, al oír el rumor de las voces, deteniéndose tras los arbustos con el corazón encogido para ver si ella estaba allí.
Por qué quería saber si era ella quien estaba allí, no lo sabía. Si hubiera sido ella y hubiera estado sola, no habría ido a su encuentro —o eso creía—, habría huido; pero quería verla.
Una vez la encontró. Mientras él entraba en el bosque, ella salía de él con otras dos mujeres, cargando a la espalda un pesado saco lleno de hierba.
Un poco antes, tal vez la habría encontrado en el bosque. Ahora, con las otras mujeres allí, ella no podía volver con él.
Pero aunque comprendía esta imposibilidad, se quedó un buen rato detrás de un avellano, a riesgo de llamar la atención de las otras mujeres. Por supuesto que ella no regresó, pero él se quedó allí mucho tiempo.
Y, ¡santo cielo!, ¡qué encantadora la hacía aparecer su imaginación! Y esto no solo una vez, sino cinco o seis veces, y cada vez con más intensidad. Nunca le habíado parecido tan atractiva, y nunca había estado él tan completamente en su poder.
Sentía que había perdido el control de sí mismo y que se había vuelto casi un demente. Su rigor consigo mismo no se había debilitado ni un ápice; por el contrario, veía toda la abominación de su deseo y aun de su acción, pues su ida al bosque era una acción. Sabía que solo necesitaba acercarse a ella en cualquier lugar de la oscuridad, y si era posible tocarla, para entregarse a sus sentimientos. Sabía que era solo la vergüenza ante la gente, ante ella y sin duda ante sí mismo lo que lo contenía. Y sabía también que había buscado las condiciones en las que esa vergüenza no fuera evidente —la oscuridad o la cercanía—, en las que fuera sofocada por la pasión animal. Y por lo tanto sabía que era un miserable criminal, y se despreciaba y se odiaba a sí mismo con toda el alma. Se odiaba porque todavía no se había rendido: todos los días le rogaba a Dios que lo fortaleciera, que lo salvara de la perdición; todos los días decidía que a partir de ese día no daría un paso para verla y la olvidaría. Todos los días ideaba medios para librarse de esta tentación, y ponía en práctica esos medios.
Pero todo fue en vano.
Uno de los medios era la ocupación continua; otro, el trabajo físico intenso y el ayuno; un tercero, imaginarse la vergüenza que caería sobre él cuando todo el mundo lo supiera: su esposa, su suegra y la gente de los alrrededores. Hizo todo esto y le pareció que estaba venciendo, pero llegó el mediodía —la hora de sus antiguos encuentros y la hora en que la había encontrado llevando la hierba— y se fue al bosque. Así pasaron cinco días de tormento. Solo la vio desde lejos y no se cruzó con ella ni una sola vez.