“Bueno, ya ve, me pillaron así. Estaba lo que se llama enamorado. No solo me figuraba que ella era la cumbre de la perfección, sino que durante el tiempo de nuestro compromiso también me consideraba a mí mismo la cumbre de la perfección. Ya sabe que no hay sinvergüenza que no pueda, si se lo propone, encontrar sinvergüenzas peores que él en ciertos aspectos y que, por consiguiente, no pueda hallar motivos para el orgullo y la autocomplacencia. Así me ocurrió a mí: no me casaba por dinero —la codicia no tenía nada que ver en ello—, a diferencia de la mayoría de mis conocidos que se casaban por dinero o por influencias; yo era rico, ella era pobre. Eso por un lado. Por otro, de lo que me vanagloriaba era de que, mientras otros se casaban con la intención de continuar en el futuro con la misma vida polígama que habían llevado antes del matrimonio, yo estaba firmemente decidido a ser monógamo tras casarme, y mi orgullo a ese respecto no tenía límites. Sí, era un cerdo espantoso y me imaginaba que era un ángel.
“Nuestro compromiso duró poco. ¡Ahora no puedo pensar en aquel tiempo sin vergüenza! ¡Qué porquería! Se supone que el amor debe ser espiritual y no sensual. Bien, si el amor es espiritual, una comunión espiritual, entonces esa comunión espiritual debería encontrar expresión en palabras, en conversaciones, en coloquios. No había nada de eso. Era terriblemente difícil hablar cuando nos dejaban a solas. Era la labor de Sísifo. En cuanto se nos ocurría algo que decir y lo decíamos, teníamos que volver a callar, ideando otra cosa. No había de qué hablar. Todo lo que se podía decir sobre la vida que nos aguardaba, nuestros preparativos y planes, ya se había dicho, ¿y qué más quedaba? Ahora bien, si hubiéramos sido animales, habríamos sabido que el discurso era innecesario; pero aquí, por el contrario, era necesario hablar, y no había nada que decir, porque no estábamos ocupados en aquello que se desahoga en el habla. Y además estaba esa ridícula costumbre de regalar dulces, de la glotonería grosera con los dulces, y todos esos abominables preparativos para la boda: comentarios sobre la casa, el dormitorio, las camas, los abrigos, las batas, la ropa interior, los trajes. Debes recordar que si uno se casaba según los mandatos del Domóstroy, como decía ese viejo, entonces los colchones de plumas, el ajuar y el lecho son poco más que detalles apropiados para el sacramento. Pero entre nosotros, cuando de cada diez que se casan hay sin duda nueve que no solo no creen en el sacramento, sino que ni siquiera creen que lo que están haciendo entraña ciertas obligaciones; donde apenas un hombre de cada cien no se ha casado antes, y de cincuenta apenas uno no se prepara de antemano para ser infiel a su esposa en cada oportunidad propicia; cuando la mayoría considera el ir a la iglesia solo como una condición especial para obtener posesión de cierta mujer, piensa qué significado tan terrible adquieren todos estos detalles. Muestran que todo el asunto es solo eso; muestran que es una especie de venta. Una muchacha inocente es vendida a un libertino, y la venta va acompañada de ciertas formalidades”.